200 años de Marx: 200 años del problema de la democracia

El día de hoy nos hemos reunido en este espacio para conmemorar los 200 años del natalicio de Carlos Marx. La conmemoración que queremos celebrar coincide con un ejercicio que apunta a exaltar la reivindicación de un discurso y de una historia que queremos heredar. El heredar, aquí, no es un proceso pasivo en donde el sujeto recibe unos beneficios de manera automática, sino un trabajo que supone, en primer lugar, asumir un estado de deuda con el marxismo de Marx.

Cuando hablamos de marxismo referimos a una historia relacionada con la lucha por el socialismo, pero también a la historia de sus crisis, sus debilidades, descomposiciones y repliegues. Hablamos de las tensiones presentes en el pensamiento de Marx, o de las posteriores sistematizaciones ortodoxas y revisionistas de la segunda internacional, de los aportes geniales de Lenin que serían escolastizados y desviados por el marxismo-leninismo de Stalin, del alumbramiento de Gramsci que se halla cifrado y que todavía busca su actor, o del repliegue del llamado marxismo crítico a las fronteras de la academia y la universidad.

Lo común a esta historia es que pese a construir un componente central de los movimientos, los esfuerzos y las conquistas democráticas de la vida política, social y cultural de los últimos 200 años, el socialismo no ha logrado construir lazos fluidos, internos y sólidos con los movimientos y proyectos democráticos. Para el marxismo, la cuestión de la democracia continúa siendo un punto doliente, una deuda colectiva, que exige la elaboración de nuevos puntos de vista acordes con nuestra situación política actual.

Definiciones mínimas sobre la democracia

En su matriz liberal la democracia se asienta sobre el desarrollo de un espacio público de libertad e igualdad que estatuye lo político como exterior al ámbito de lo económico en donde predominan las diferencias entre los individuos privados. En este sentido, la teoría clásica de la democracia contiene dos premisas fundamentales: 1) la presencia de un pueblo relativamente homogéneo capaz de producir decisiones colectivas y que se cohesiona a sí mismo a partir de, 2) la existencia de un gobierno que asegura la participación de sus ciudadanos en el poder legislativo y la ejecución de los acuerdos colectivos. No obstante, la democracia moderna no existe en la realidad como pura abstracción, sino que siempre refiere a formas históricas concretas o sistemas hegemónicos precisos.

La democracia moderna ha enlazado, en primer lugar, con los sistemas del capitalismo naciente, llamado salvaje, cuya definición de la democracia y la ciudadanía se reduce a su carácter meramente político y excluyente de las mujeres y los trabajadores. En segundo lugar, engarzó con los sistemas fordistas de la segunda posguerra que entrañan una extensión de la ciudadanía a los ámbitos económicos y culturales, al tiempo que con una notable expansión de sus sujetos. Pero se entreteje, en tercer lugar, con los sistemas actuales de dominación neoliberal que se caracterizan por la exclusión de lo económico-social y la expulsión de lo democrático popular del seno del Estado.

El doble problema de la democracia para Marx

El marco histórico de la producción teórica de Marx supone el hecho democrático como un fenómeno reciente por medio del cual la burguesía europea emprende su lucha política contra los estratos feudales para destruir los viejos vínculos sociales y para realizar una forma de reproducción social funcional al capitalismo sobre la base del Estado nacional soberano. La democracia se extiende como monopolio de las fracciones de la burguesía que organizan su poder en el seno del Estado, en donde gestionan el poder político que despliegan violentamente sobre la clase trabajadora. La democracia, en este primer sentido, es caracterizada como un dispositivo de dominación moderno articulado a la dinámica del capitalismo y la lucha de clases en cuanto estructuras internas y universales de la sociedad y el Estado moderno. Esta forma de abordar el tema de la democracia es bien conocida y aceptada por casi todas las formas del pensamiento marxista, incluso por el anarquismo y el autonomismo que califican a esta forma de democracia como “democracia burguesa”.

Sin embargo, trataremos de demostrar que hay un segundo sentido del tema democrático en Marx: una vía algo olvidada que implica aclarar el lugar que ocupa la democracia en el socialismo y en la transición al socialismo. Nos hallamos aquí en las fronteras de un problema muy complejo que nos comprometería a reexaminar, antes que otra cosa, nuestra idea del socialismo. Una idea dotada de un fundamento científico y un poder movilizador de las conciencias y de la acción, que apenas data de menos de 200 años, y que se asocia sobre todo con el nombre de Marx.

Pero Marx sólo vio un limitado y fugaz encuentro de ella con la realidad: la comuna de París. Ya en los comienzos del siglo XX Engels creía que el socialismo estaba más cerca de su realización por vía de los avances electorales del Partido Socialdemócrata Alemán. Más tarde Lenin aseguraba que los soviets de octubre de 1917 estaban escribiendo el prólogo de la revolución socialista mundial, que en realidad terminaría siendo una dura, larga e incierta marcha hacia el socialismo, y que sería desviada hacia el llamado “socialismo real”.

Sin duda, estas experiencias se fundan en la perspectiva común de: a) la propiedad social de los medios de producción; b) la supervivencia de un Estado que inicia su propio desmantelamiento; c) la ampliación y la profundización de la democracia social en relación a la expansión del principio de representatividad y la gestión social. Pero este perfil o guía general de la transición al socialismo no coincide de ninguna manera con un modelo originario del socialismo en cuanto que no hay ningún canon histórico de éste y en tanto que a Marx, a diferencia del socialismo utópico, no le interesaba producir una descripción de lo que debería ser el socialismo, sino un examen de las estructuras contradictorias del capitalismo y de la voluntad política de los trabajadores que permitirían el surgimiento de esta sociedad futura. Por eso es que, más que socialismo, lo que tenemos es un largo bagaje de experiencias y prácticas, de reflexiones y conceptos, que en su conjunto, en cuanto campo atravesado por múltiples tensiones, constituye la tradición y las identidades del socialismo.

En resumen, podemos decir que los temas del socialismo y la democracia son centrales para Marx, pero no se hallan desarrollados en su obra. La cuestión de la democracia no llega a constituirse en un núcleo sistemático de su pensamiento aunque en sus textos puedan encontrarse múltiples materiales, reflexiones e indicaciones relativas al tema, que intentaremos exponer a continuación.

La teorización de la democracia en los textos de 1843-1844

Marx aborda por primera vez el tema de la democracia en su Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel, en donde establece la categoría de “pueblo” como la voluntad pública o el contenido real del Estado, y a la “constitución política” como la forma de regulación social que prevalece sobre los otros elementos de la sociedad. La democracia es definida como la configuración bajo la cual el pueblo se transforma en soberano universal por medio del Estado; en otras palabras, la democracia es la unidad de la forma y el contenido.

Pero esta democracia no llega a realizarse en los Estados modernos, pues el principio formal y abstracto establece una socialidad que funciona reproduciendo las diferencias entre los propietarios de los medios de producción y los trabajadores, a los que se les niega su representación real en la constitución política. El problema del Estado no es su universalidad, sino que gobierna universalmente como si todos fuéramos burgueses.

La crítica del Estado moderno le permite a Marx producir la noción de una “verdadera democracia”, en donde el Estado sería absorbido por el pueblo, para que deje de ser abstracto y determinante. Pero la desaparición del Estado político sólo podrá lograrse destruyendo su fundamento: la propiedad privada de los medios de producción. Sin dudas, esta “verdadera democracia” contiene ciertos rasgos fundamentales de eso que posteriormente Marx llamará “socialismo”.

En su texto Sobre la cuestión judía, de 1844, Marx producirá un examen especial sobre los derechos políticos modernos como expresión de una “emancipación política” que no va más allá del individuo replegado a sí mismo. En este texto Marx reconocerá que dicha emancipación política representa un progreso civilizatorio, pues aun cuando no sea la última forma de emancipación humana, sí es la última emancipación humana en el orden social actual. De esta manera Marx reafirmará su reconocimiento de un carácter contradictorio en el contenido de la democracia, en el sentido de que ciertas libertades que han sido arrancadas a la burguesía responden a determinados intereses del pueblo. Esta idea, latente en los análisis de 1843, engarza con la relativización del concepto de “democracia burguesa”, en virtud de que el poder político de las clases dominantes nunca es completamente clasístico, pues la presencia de las clases dominadas en este poder se halla siempre al menos en la forma de fantasma.

El papel de la democracia en la coyuntura revolucionaria de 1848-1851

El problema de la producción de una “verdadera democracia” se articula con el nudo del agente revolucionario que la instaurará. La noción del sujeto “proletario”, que aparece por primera vez en la Introducción del 43, se resolverá claramente hasta el Manifiesto del 48, en donde el primer paso de la revolución socialista es la elevación de los proletarios a clase dominante y la conquista de la democracia, misma que requiere de un poder político entendido como un instrumento de dominación de una clase para la opresión de otra, y que se asienta, en última instancia, sobre la fuerza y la violencia dispuesta para luchar contra la burguesía contra-revolucionaria.

Se trata de un proceso de transición —el “comunismo”— llevado adelante por la voluntad de la mayoría y caracterizado por una lucha que sólo podrá realizar la verdadera democracia cuando los intereses sociales de la mayoría sean autogestionados, las diferencias de clase hayan desaparecido, y el poder de las fuerzas productivas sea ejercido por los individuos libremente asociados. Todo esto hará inservible al Estado y así el poder público perderá su carácter opresor.

Durante estos años, especialmente en los textos de La lucha de clases en Francia y El 18 brumario de Luis Bonaparte, Marx observará una coyuntura signada por la dispersión de las burguesías que será conjurada por medio de la figura de un sujeto que utilizaría la democracia y la autonomía del Estado sólo como un medio de organización de las burguesías. Para Marx esta será la prueba definitiva de que la democracia liberal no puede rebasar los marcos impuestos del Estado burgués. No obstante, incluso en estos textos Marx no reniega de ciertos elementos progresistas de la democracia, como el principio de la representatividad, mismo que se halla secuestrado por la burguesía.

La reivindicación de la democracia en el periodo 1871-1875

En realidad, el principio de la representatividad es fundamental para el socialismo y la democracia. En sus textos donde analiza la experiencia de la Comuna de París de 1871 (especialmente en La guerra civil en Francia) Marx se ocupa del tema del sufragio universal como parte del proceso de extinción del Estado. Los consejeros municipales de la Comuna de París eran obreros y representantes conocidos de la clase obrera que podían ser revocados en todo momento. El gobierno del que formaban parte no era un organismo parlamentario escindido del pueblo, sino una corporación que legislaba y ejecutaba al mismo tiempo. De la misma manera, las funciones del ejército y de la burocracia pasaron a las manos de los trabajadores, y por eso la desmantelación de estas instituciones eran medidas encaminadas a la destrucción del Estado.

En esta coyuntura el principio democrático de la representatividad no sería abolido, sino potenciado y direccionado hacia la abolición del Estado, pues supera la división entre representantes y representados mediante el principio de revocabilidad. El pueblo ya no elige cada 3 ó 6 años a los que habrán de aplastar a los trabajadores, sino que los trabajadores mandan obedeciendo. No obstante, la Comuna no fue precisamente un ejercicio puro de democracia directa, sino un proceso que apuntaba a la creación de instituciones democráticas representativas nacionales.

La experiencia de la Comuna no fue el socialismo, sino una experiencia de transición en la que aún no habían desaparecido las clases, ni el aparato de Estado. En su Crítica al programa de Gotha, de 1875, Marx dirá que estas sociedades en transición no descansan aún sobre sus propias bases, puesto que todavía subsiste una distribución desigual basada en la medida del tiempo de trabajo socialmente necesario y, por ende, en el “derecho burgués”. La experiencia de la Comuna nos deja una gran lección histórica: la realización del socialismo y la extinción del Estado transita por la vía de la radicalización y la extensión de la democracia a nuevos ámbitos de la vida. Democratizar una sociedad significa ejercer las funciones de un Estado, destruir las instituciones inservibles, producir nuevas instituciones autónomas del Estado, administrar las ya existentes de otra manera.

No se trata de devolverle a la gente el poder que se almacena en el Estado, pues por sí mismo el Estado no tiene ningún poder, sino la clase que se unifica en él. Democratizar una sociedad significa que el pueblo ejerce su poder como Estado: para y por los trabajadores, y reprimiendo a los contrarevolucionarios. Y cuando esta dinámica se acelera profundamente el pueblo vuelve superfluo al Estado. Por eso es que Engels dirá en 1891 que la Comuna de París es la dictadura del proletariado.

Las derroteros de la democracia después de Marx

La expresión “dictadura del proletariado” sólo aparece once veces en los textos de Marx y Engels. El significado del término hay que entenderlo como un proceso de transición hacia el socialismo por medio de la extensión de la democracia de los trabajadores dispuestos a defender su proceso incluso por los medios de la violencia revolucionaria. Durante las décadas posteriores a la Segunda Internacional esta idea encallaría con una concepción de la democracia que excluye la revolución; mientras que en la Tercera Internacional la concepción de “la actualidad de la revolución” descuidaría la preocupación de la democracia en relación a la conquista y el mantenimiento del poder. Por varias razones, el tema democrático vuelve a ponerse a la orden del día en el VII congreso de la IC, con una concepción instrumental de la democracia que se materializa en la táctica de los frentes populares.

De entre todos estos lastres conceptuales existe un filón que llegaría a constituirse en el obstáculo central de la relación entre democracia y socialismo: la adscripción burguesa de las tareas democráticas; y su secuela simétrica: el carácter exclusivo y necesariamente obrero del proyecto socialista. Esta perspectiva, sometida por Marx a fuertes críticas en conexión con la dinámica de la clase obrera inglesa, o el campesinado ruso, se centra en la transposición kautskiana del partido como único depositario del privilegio epistemológico del marxismo, que abriría el sendero a una saga autoritaria que minaría el resto del socialismo. Esta visión está presente en la revolución rusa de 1905, en donde las tareas democráticas “hegemonizadas” por el proletariado continúan siendo ajenas a su naturaleza de clase, que se constituye a priori de las relaciones políticas.

Posteriormente, en la coyuntura de octubre de 1917 Lenin afirmaría la inexistencia de las condiciones económicas para construir el socialismo: condiciones que, a la vez, podrían realizarse una vez conquistado el poder. La necesidad de la construcción del socialismo en esta situación abría una vena que conducía a la exigencia de un Estado fuerte, una planificación centralizada, la desaparición de la débil sociedad civil, la exclusión de la democracia participativa, la disolución de la Asamblea Constituyente, la liquidación de la democracia de los soviets y, finalmente, la exclusión de toda democracia. En suma, conducía a la omnipotencia del Estado, la dictadura del partido único y la supeditación de toda vida económica, política y cultural al dominio de la burocracia y, finalmente, de Stalin. No hay dudas de que todo esto condujo a la descomposición del sistema, que no pudo resistir el reacomodo geoeconómico de las nuevas potencias imperialistas de finales del siglo XX.

Hasta hace unas pocas décadas la mayor parte de la izquierda socialista se caracterizaba por su menosprecio o despreocupación frente al problema de la democracia. Pero una serie de experiencias históricas que fusionan la subjetividad popular y el socialismo estallarían la perspectiva del reduccionismo economicista de las clases, la política, la democracia y el socialismo: 1) las experiencias de las luchas antifascistas; 2) las revoluciones anticoloniales; 3) las luchas contra las dictaduras latinoamericanas. En estos movimientos la democracia es un campo de lucha cuyo destino se juega en el conjunto de las relaciones de fuerza sociales, políticas y culturales de un determinado periodo histórico. La centralidad histórica de la clase obrera depende ahora de la construcción de una identidad hegemónica que pasa por el autorebasamiento corporativo y por una expansión intelectual y moral democrática, anticapitalista y revolucionaria. Estos movimientos revitalizaron al marxismo y trajeron a la orden del día la posibilidad de la realización de un socialismo democrático.

El dilema del socialismo democrático no se halla en las coordenadas de la reforma o la revolución, socialismo o barbarie, violencia o pacifismo, tercera vía o marxismo leninismo, eurocomunismo o lucha armada, democracia directa o democracia representativa. En realidad toda lucha hegemónica tiene un carácter multiforme, ritmos, estructuras organizativas y programáticas transtextuales atravesadas por una multiplicidad de luchas y disputas que confluyen en un proceso no reductible a una estrategia lineal, cerrada y plena de certidumbre en su realización. Marx sabía muy bien esto. Y por eso es que el proceso revolucionario se sostiene fundamentalmente en la creación colectiva que atañe a la construcción y la recreación de lo humano mismo. Sobre esta base podríamos plantear el verdadero problema:

¿Cómo sostenemos una estrategia democrática alternativa que no sólo se oponga al Estado capitalista, las instituciones políticas y los partidos políticos, sino que logre instituir una nueva producción social alternativa, y al mismo tiempo evite el aislamiento y el sectarismo tan característicos de la izquierda? En otras palabras, ¿cómo producir una articulación política alternativa al neoliberalismo, capaz de realizar inscripciones democráticas eficaces sin sucumbir a la absorción política e ideológica que orquesta el Estado capitalista? En última instancia, ¿cómo trasformamos la sociedad que ya está dada?

Sin embargo, las posibles respuestas a estos problemas sólo surgirán de las experiencias, las luchas y las esperanzas, y la reflexión de éstas que, aun por mínimas que sean, constituyen ya parte de un proceso revolucionario. Cierto es que, por muchas razones, la historia no nos ha legado hasta el presente ninguna experiencia concreta del socialismo democrático. Entre todas las razones que podríamos aducir a esta carencia, exaltaremos una primera para seguir alentando la reflexión crítica: heredar el marxismo, para nosotros, significa que el socialismo será democrático o no será.

Muchas gracias

*Comunicación presentada en el Conversatorio por los 200 años del natalicio de Karl Marx, el 8 de mayo de 2018, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. El evento fue organizado por las Juventudes por la Liberación Nacional, Tiempos Modernos, La izquierda Socialista, y Colectivo Ratio.

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