Aricó vs. Linera: el marxismo y la cuestión nacional latinoamericana

El texto Marx y América Latina, de José Aricó, constituye un enorme esfuerzo de investigación desprejuiciado y escrupuloso en torno a la recepción de Marx en el continente latinoamericano. La investigación de Aricó transita por senderos muy oscuros y delicados, tales como: 1) “¿Qué es el marxismo?”; 2) “¿Cuáles son las condiciones de producción teórica de las perspectivas de Marx sobre Europa y América Latina?”; 3) “¿En qué punto puede hallarse la finitud del marxismo en tanto que crítica omnicomprensiva del desarrollo del capitalismo y de sus particularidades históricas?”. En términos generales, el espíritu de la investigación de Aricó tiene el mérito de superar esa “simpatía” acrítica y ansiosa por defender a Marx con uñas y dientes frente a todo aquello que huela a crítica. No obstante, no podemos dejar de señalar que esta actitud crítica frente al marxismo ha sido fuente de innumerables sospechas en referencia al hecho de la conversión “socialdemócrata” del intelectual argentino y de su abierto y marcado apoyo al gobierno alfonsinista en los marcos de la transición posdictadura. En otras palabras, hay una convicción por buscar un fundamento teórico de este viraje “socialdemócrata” (y aquí no podemos extendernos en la significación de este tópico) y por ello se extiende un ambiente, un sentido común, de sospecha teórica frente a las aportaciones conceptuales de Aricó. Pero ¿en qué consiste ese elemento incómodo de su obra respecto a la relación marxismo-América Latina?

En Marx y América Latina la problemática central se establece en el estudio de la dupla Estado y sociedad civil que sobredetermina la problemática nacional en América Latina. Aricó llega a una conclusión abierta en los últimos capítulos de su libro: el papel activo del Estado es fundamental para la formación nacional latinoamericana a partir de la quiebra del colonialismo clásico. De esta manera argumenta una “limitación” en el “antihegelianismo” crítico de Marx en relación a la preponderancia de la sociedad civil (sujeto) sobre el Estado (predicado), pues ello sería la clave con la que Marx entiende la figura “bonapartista” de Simón Bolívar. No es de extrañar que frente a esta singular interpretación surgieran candentes debates y respuestas de grandes intelectuales latinoamericanos, como Álvaro García Linera. En su texto “América”, el boliviano resalta la incapacidad de ese intento fallido de construcción nacional desde lo estatal debido a la carencia de fuerzas sociales y participación popular que, desde su perspectiva, explican la incompletud de las proyecciones nacionales en el continente. Para el vicepresidente boliviano lo nacional no puede ser constituido sin la preeminencia de lo social sobre lo estatal, pues de otra forma sólo quedaría el camino para la estatización y la exclusión autoritaria que ya conocemos y nos es tan cotidiana. Sin embargo, la intervención de Linera en este punto no se remite a señalar las particularidades coyunturales de la historia de América Latina, sino que implica una crítica a los supuestos teóricos que Aricó creía encontrar en Marx respecto a sus limitaciones teóricas para conceptuar la realidad latinoamericana. Para decirlo de manera clara, para Linera, Marx tenía razón en su Bolívar y Ponte, pues en términos generales no existió un proceso de regeneración nacional a partir de lo social, sino de lo estatal. Claramente, nos hallamos frente a una problemática que remite a dos posibles interpretaciones sobre el problema Estado-sociedad civil que sobredetermina la problemática nacional en América Latina.

Ciertamente no puede denominarse “debate” a la diferencia de perspectivas entre Aricó y Linera, pues Linera publicó su texto en diciembre de 1991: tres meses después del fallecimiento de Arico. Aún así, la interacción de Linera frente al intelectual cordobés re-abre una vieja herida o punctum dolens del marxismo: la cuestión nacional. ¿Quién podría negar que la dialéctica Estado-sociedad mantiene una relevancia actual en tanto que continúa siendo el hilo sobre el que se balancea prácticamente toda la historia de nuestro continente?

El marxismo y la cuestión nacional latinoamericana para Aricó

Aricó parte de la premisa fundamental de que el marxismo, como cuerpo doctrinario de la revolución socialista que comienza con Marx y cuya perspectiva se alarga a los diversos “marxismos”, se halla atravesado por una multiplicidad de perspectivas, núcleos problemáticos, centros de tensión, puntos de fuga y laberintos de modelos. No hay en esta sustancia una pureza respecto a la obra de Marx. Aricó argumenta que este cuerpo doctrinario se funda también en la teorización política de las vicisitudes coyunturales que van mostrando la necesidad de la expansión de perspectivas teóricas en torno a las posibilidades de la revolución socialista en países con modalidades de reproducción social no reductibles a los países adelantados, sobre cuyo modelo se edificó El capital. El potencial del marxismo es justamente su virtuosismo crítico ligado a la propia crisis del discurso interno en tanto que contrasta las capacidades intelectuales con la realidad que intenta transformar. Para Aricó, este virtuosismo tiene su nudo central en un conjunto de virajes que relativizan: a) la expansión lineal del capitalismo industrial; b) la preeminencia revolucionaria del proletariado; c) la necesidad del desarrollo de las fuerzas productivas como condición para la regeneración revolucionaria. Los textos de Marx sobre India, China, Irlanda y Rusia (aunque en ellos hay ciertas tensiones en relación a las viejas concepciones sobre “los pueblos sin historia”) dan cuenta de ello. A partir de esta perspectiva Aricó se abre paso para indicar que el eurocentrismo no fue siempre un lastre conceptual que arrastró Marx. Pero además, en relación a la cuestión latinoamericana, Aricó señala que la realidad de nuestro continente fue siempre de sumo interés para el autor del Manifiesto comunista, y prueba de ello serían las innumerables páginas y estudios críticos que aquél dedicó para la investigación de las diversas geografías políticas de nuestro continente.

Teniendo en cuenta estos importantes virajes y matices, el artículo Bolívar y Ponte se presenta como un texto problemático. Recordemos que Marx tiende a reducir la figura del libertador latinoamericano a la de un cobarde dictador bonapartista y admirador del imperio francés. Es cierto que Marx también menciona en su texto que Bolívar pretendía “unificar a toda América del sur en una república federal”, pero estas indicaciones se acompañan siempre con abiertos epítetos como “cuyo dictador quería ser él mismo”.1 Aricó hace frente a estas caracterizaciones de Marx, y señala que estas deficiencias no se deben ni a un supuesto eurocentrismo ni a la escasez de fuentes historiográficas. Pero si estos no son los obstáculos primordiales, ¿por qué en el texto de Marx no hay una riqueza analítica tal como en los textos sobre Irlanda o Rusia? La hipótesis de Aricó sobre este punto es clara: mientras que Hegel no se interesó por Latinoamérica debido a que la consideraba una versión atrasada de Europa en la que el Estado (formación que expresa la organización de la sociedad) no se habría formado, Marx ve en América una clase dirigente que superpone nación a Estado, y un “terreno vacío” en el que las clases populares son incapaces de plantear un proyecto alternativo. Aricó señala que Marx rechaza la idea del Estado como productor de la sociedad civil, y por ello la situación estatal latinoamericana se le presenta como una especie de reminiscencia hegeliana que termina con un Estado que expresa lo que no es, y es lo que no expresa. Según Aricó, el distanciamiento de Marx respecto de América latina se debe sobre todo al devenir singular de la historia que no pudo llevar al concepto:

América Latina fue considerada en su exterioridad, en su condición de reflejo de Europa, porque su interioridad era inaprehensible, y en cuanto que tal, inexistente. Las transformaciones sociales –y el proceso de formación de las naciones latinoamericanas por supuesto que lo era, y de gran magnitud– presuponen siempre la presencia de un elemento pasivo de una “base material” que fija los límites de posibilidad de tales transformaciones. So pena de convertirse en una actividad abstracta de un mundo real inexistente, la teoría sólo puede realizarse como tal en la medida que supone la realización del proceso social del que ineludiblemente forma parte como su “forma” expresiva. Pero el mundo de las necesidades y demandas de los pueblos latinoamericanos, las constantes históricas y culturales que pudieran explicar el hecho anómalo del larvado mantenimiento de una perspectiva continental al mismo tiempo que se emprendía la búsqueda de una identidad propia en una realización nacional fragmentadora de la unidad de la región, estos complicadísimos procesos de composiciones y descomposiciones ¿tenían una corporeidad tal, una densidad histórica y estructural de tal magnitud como para acceder al mundo de las categorías?, ¿podían ser capaces de permitir que en su magmático interior se pudiera abrir paso el fatigoso trabajo del concepto, la constante confrontación entre teoría y facticidad o hasta la formulación de una teoría “propia”, “autónoma” que pudiesen explicarlos? Porque, como bien lo había señalado Hegel, no todo lo que existe por el mero hecho de existir es “real” y por tanto “racional”. No es suficiente que el concepto pugne por alcanzar la realidad; es preciso que la misma realidad haya logrado un orden de regularidad tal que reclame sus propios conceptos.2

Si la idea de Marx consistía en buscar las leyes históricas particulares del proceso de nacimiento, reproducción, desarrollo, y posible finitud de la historicidad propia del capitalismo, la insistencia por encontrar en Bolívar a un Napoleón, sería la prueba de una especie de círculo temático dentro del que gira cierto fantasma de irracionalidad que sólo puede ser expulsado bajo la vigencia de una ley histórica que, a pesar de sus variaciones coyunturales, tendería a ser uniforme. Esta ley histórica, podríamos decir, no fue aplicada para los casos de Irlanda, India, China y Rusia, donde las particularidades históricas y el análisis concreto de las fuerzas históricas se abrió paso frente a los lastres conceptuales de los “pueblos sin historia”. Pero ¿por qué el caso latinoamericano sí debía ser alumbrado bajo una supuesta ley histórica? Según Aricó, uno de los principios constitutivos del marxismo de Marx es la negación del Estado como centro productor de la sociedad civil. Pero si el Estado jugaba un rol preponderante en el desarrollo de América Latina, se mostraría así una especie de limitación epistemológica en las bases del sistema teórico marxista que desde 1843 rechaza la idea del principio constitutivo estatal. Para Aricó, en cambio, como para muchos historiadores críticos, el Estado es un efecto de la constitución de las naciones:

La condición ni periférica ni central de los Estados-nación del continente, el hecho de haber sido el producto de un proceso al que gramscianamente podríamos definir como de revolución “pasiva”, el carácter esencialmente estatal de sus formaciones nacionales, el temprano aislamiento o destrucción de aquellos procesos teñidos de una fuerte presencia de la movilización de masas fueron todos elementos que contribuyeron a hacer de América Latina un continente ajeno a la clásica dicotomía entre Europa y Asia que atraviesa la conciencia intelectual europea desde la Ilustración hasta nuestros días.3

La conclusión de Aricó es muy singular: por rechazar el principio hegeliano del Estado como totalidad orgánica e institucional de ethos de una comunidad (y por extensión, de la propia nación), se cae en el exceso opuesto de los pueblos sin historia en tanto que esas élites estatales carecen de contenido efectivo, vale decir, son “irracionales”, y por eso no logran la constitución nacional. Recordemos, pues, que las investigaciones de Aricó se basan en la enseñanza gramsciana de la autonomía relativa de la política, y por eso la nación no puede reducirse a un falso reflejo de la economía.

La respuesta de Linera en torno a la relación Estado-sociedad civil

Hay que tener muy en cuenta que la crítica de Linera está basada en las perspectivas de Bolívar Echeverría y Jorge Veraza. Para Veraza, uno de los problemas que arrastra Aricó es que “le da una importancia que el artículo de Marx sobre Bolívar no tiene.4 Según el intelectual mexicano, Aricó crítica a Marx a partir de un retroceso inaceptable hacia las viejas posiciones hegelianas que Marx liquidó desde su juventud. De esta manera Veraza defiende a Marx en el sentido de que el término “pueblos sin historia”, utilizado para caracterizar aquella realidad latinoamericana, se fundamentaba críticamente en una previa depuración del concepto hegeliano del que resultaba finalmente que la historia comienza por los pueblos, y el Estado es sólo un efecto de determinadas prácticas de los pueblos. En otras palabras, la expresión “pueblos sin historia” se hallaba plenamente justificada para América Latina. Tal vez uno de los fundamentos más generales de las propias afirmaciones de Veraza se encuentra en las teorías de Bolívar Echeverría respecto a la nación. En El discurso crítico de Marx afirma la diferencia entre nación natural y nación del Estado.5 Ésta última, configurada para establecer los marcos sociales de la reproducción ampliada del capital, es justamente aquella que Veraza cree encontrar en la caracterización del Simón Bolívar de Marx. En efecto, la crítica de Linera hacia Aricó está inscrita en esta tradición particular de la exégesis de Marx. De hecho, tal crítica se centra principalmente en las siguientes afirmaciones del intelectual cordobés:

la tarea que se imponía a Marx era la de analizar las características económicas, sociales y políticas del presente que permitía prever la realización nacional de los países sometidos por el capitalismo. La recurrencia a la historia de esos pueblos y al examen de la densidad y solidez de sus estructuras sociales era el camino obligado que debía recorrer Marx para anclar en las relaciones sociales de los hombres el fundamento “material” de su capacidad de devenir naciones. Un pueblo puede acceder a la historia sólo a condición de que exista una estructura económico-social que lo posibilite y una fuerza social capaz de hegemonizar todo el proceso. La presencia de estos rasgos era afirmada por Marx en los casos que analizaba.6

Linera señala que una de las primeras equivocaciones de Aricó es presuponer que la constitución nacional requiere de una “estructura económico social” como condición del devenir nacional. Linera acepta que esta condición fue parte fundamental de no pocas constituciones nacionales en Europa. Sin embargo, según él, no es una condición absolutamente necesaria, pues Marx “vio la posibilidad de constitución nacional aun a partir de estructuras económicas precapitalistas”,7 como en el caso de China o Turquía. Es verdad que las instituciones político-militares de Turquía dirigían la lucha nacional y aglutinaban fuerzas políticas existentes; en China, por otra parte, el pueblo fue quien hizo la guerra por sobre la parálisis de los mandarines. Linera indica con esta argumentación que el punto metabólico sobre el que se constituyen las naciones refiere a la vitalidad de las luchas civiles y populares que no siempre presuponen la existencia de una formación económico social capitalista (él argumenta que probablemente las “Formaciones económicas precapitalistas” de los Grundrisse puedan ser leídas en esta clave). Además, en relación a la necesidad de una “fuerza social capaz de hegemonizar todo el proceso”, Linera insiste que dicha fuerza no es siempre una fracción de la burguesía, pues el pueblo o masa en movimiento puede ser esa clase de la formación nacional de los pueblos.8

En efecto, Linera acepta que los textos de Marx sobre América Latina carecen de la profundidad que tuvieron los textos sobre Rusia o Irlanda. En este sentido concuerda con Aricó al ver aquí una “anomalía”. No obstante, para el intelectual boliviano esta falla se explica por otra vía diferente a la de Aricó: en la época en la que Marx estaba haciendo los análisis de estos casos particulares, no hubo hechos revolucionarios puntuales que pudieran llamar su atención, vale decir, esta energía de la masa no se dio como movimiento generalizado: en realidad estaba en gran parte ausente en los años considerados por la reflexión de Marx. Recordemos que las grandes sublevaciones indígenas, en las que se puede observar un esfuerzo totalizador, habían sucedido en el siglo XVIII, y se puede decir que eran casi desconocidas para los historiadores; además las clases subalternas combatieron en bandos diferentes o simplemente se mantenían al margen de una guerra que percibían como ajena. De esta manera, la crítica de Marx hacia Bolívar estaría de alguna manera justificada, pues aquella formación del Estado-nación no se constituyó como un acto social general, sino como una especie de constitución absoluta despótica del poder continental federado bajo una autonomización burocrática-militar estatal articulada a los viejos privilegios comerciales de Europa. Por eso la noción de pueblos sin historia se convierte en una categoría justificada en tanto que señala aquí el acto de constitución nacional sólo a partir de las élites:

la concepción de Marx sobre los Estados latinoamericanos como formaciones más aparentes, formales, sustentadas más por el arbitrio autoritario centralizado que por la condensación de iniciativa social general y, por tanto, el carácter inacabado, o mejor, a realizarse, de la construcción nacional estatal como tarea del futuro, no es un desliz hegelizante de un momento (que no impide la incorporación de razonamientos de Hegel), sino un conjunto de valoraciones orgánicas al cuerpo teórico del marxismo, que dan cuenta de la realidad nacional.9

Como puede notarse, Linera privilegia una versión societal o civil de las formaciones nacionales. En otras palabras, la “apariencia” de las formaciones nacionales actuales estriba en su incapacidad para producir a la sociedad como un todo orgánico justamente porque expulsa de sus estructuras y significaciones a las energías sociales de rejuvenecimiento popular. Sin insurgencia y autoorganización no hay encumbración social de la nación. Claro que Linera no niega la importancia del Estado moderno para cristalizar las energías y las fuerzas sociales, pero la llave de la revitalización nacional está más en los impulsos societales que son fuerza de construcción de los Estados-nación, pues el Estado no puede sustituir a la sociedad.

Examen de la posición de Linera

En la posición de Linera hay valiosas verdades que debemos resaltar. En primer lugar, es cierto que el proceso independentista latinoamericano se sitúa (en general) en una fase donde el “jacobinismo” subalterno iba en declive. No es ya el momento de los Tupac Amaru, los Hidalgo, los Artigas en Uruguay o los Moreno, Bernardo y Montegudo en la Argentina. De la revolución haitiana los criollos aprendieron la prudencia: sumar a las masas esclavizadas pero limitando lo social mediante lo político. Las formaciones estatales se basan aquí en la extinción de la potencia plebeya y de la identidad común. Sin embargo, hay que notar que la concepción de la constitución nacional en Linera tiende a introducir un elemento jacobino (en el sentido gramsciano) como componente efectivo de todo proceso de formación nacional. Es como si el modelo francés-europeo fuera para Linera una figura totalmente opuesta a la de América. Recordemos que una posición clásica de la historiografía sobre Latinoamérica ha sido aquella que establece que en Europa occidental la nación precedió la constitución acabada del Estado político (el Estado-nación es un triunfo del bloque capitalista en ascenso y de su alianza temporal con las masas campesinas plebeyas), mientras que en América la institución político estatal prefigura la condición de las formaciones nacionales. Esta tesis tiene mucho de verdad, pero también es cierto que eso que retrospectivamente se denomina nación fue cohesionado por el rey, el obispo, el príncipe o el déspota. Incluso con la victoria de la burguesía su acceso al poder se inicia con la ocupación de este lugar y por ello las revoluciones no siempre comienzan con la abolición de la monarquía, pues ésta materializa la unidad de la sociedad. Después, con la consolidación de la sociedad burguesa, se abre el camino para producir un nuevo metabolismo de constitución social en donde la sociedad civil ya secularizada se vuelve fuente única de la legitimación del poder estatal que conduce al surgimiento de la nación moderna.

Hay que tener en cuenta que el Estado moderno se constituyó bajo las condiciones puestas por la monarquía absoluta, la cual concentró el poder militar-territorial con predominio de la monopolización del aparato fiscal. Varios de los reordenamientos militar-territoriales acaecidos durante el siglo XVIII consolidaban los aparatos que posteriormente la burguesía perfeccionaría en cada revolución. Por eso es que no debemos subestimar el papel del Estado en cuanto que aparato central mediante el que se construyó la unidad nacional y la homegeneización lingüística relativa frente a muchos pueblos que, previo a este proceso, no tenían ningún sentimiento de identidad nacional. Es cierto que esta coronación no se realizó sin la violencia y la conservación, pero tampoco puede negarse que las revoluciones europeas vinieron a concretar esta unidad, es decir, a darle forma en el Estado mediante la hegemonía burguesa. Como dice Hobsbawn: “las naciones no construyen Estados y nacionalismos, sino que ocurre al revés.”10 Además, según el historiador inglés, en la construcción nacional hay muchos artificios ideológicos y construcción racial-ideológica por parte del poder estatal.

Este papel central del Estado es mucho más evidente en América Latina. En las coyunturas independentistas el Estado contribuyó a la producción de las condiciones para el desarrollo de la sociedad civil y la nacionalidad “identitaria” que siempre fue incompleta. Tal vez la escuela, el ferrocarril y el comercio puedan ser ejemplos de estos elementos condicionantes. Se trata de elementos desarrollados según los intereses hegemónicos de la burguesía que muchas veces vinieron desde arriba y que sólo eran artificiales para la construcción nacional. Por otra parte, en términos de relaciones de fuerzas, es difícil negar que la destrucción del sistema colonial clásico (antinacional) se debió también a los efectos esperados de la burguesía ascendente de Inglaterra y al papel de los intelectuales que posteriormente ocuparon el lugar de aquellas esperadas clases con proyectos nacionales. Como puede verse, aquí la política no es el simple reflejo de la economía, sino que el análisis de la situación requiere, al menos desde nuestro punto de vista, un enfoque de matriz gramsciana para que la política adquiera un estatuto analítico de primer orden.

Ahora bien, el hecho de que el proyecto de constitución nacional haya sido siempre inacabado en América Latina no significa que éste sea inexistente. Si la nación no se constituyó desde abajo, tampoco podemos desconocer esta vía para la constitución nacional en relación a las condiciones independentistas de ese periodo. Si el eje de los aparatos sobre los que se constituyó la estatalidad eran el ejército y la burocracia, ello denota que la precondición de homogeneización forzada privilegiaba la vía de la derrota de aquellos obstáculos (administraciones locales, caudillismos populares, importantes grupos indígenas, regionalismo, etc.) que “ralentizaban” la formación del Estado-nación en América Latina. La adquisición de las capacidades coactivas y administrativas no coinciden históricamente con la potencialidad simbólica de interpelación para la construcción de una identidad simbólica efectiva. La optimización de los aparatos administrativos y coactivos fueron la precondición para la posterior “integración” conflictiva de las clases populares a lo largo del siglo XX. De alguna manera, habría que recordar que también en Europa la democracia que nacía de los modernos Estados-nación excluía de su seno a la clase trabajadora y a las mujeres. Sólo la intensificación de la lucha de clases y los cambios del patrón de acumulación del fordismo en el seno de los nacientes Estados corporativos pondrían en entredicho esta posición. La constitución nacional no es necesariamente democrática e inclusiva. No remite siempre a los esperados efectos construidos desde un jacobinismo popular subalterno. Para decirlo de otra manera, Cuba y Haití podrían ser los ejemplos de la vía nacional-jacobina a la que refiere Linera, pero aquella no es la única vía de construcción nacional. Sin esta construcción nacional desde “arriba” ¿cómo explicaríamos el caso brasileño y el papel progresista de la burguesía paulista?

Ahora bien, Linera esgrime el argumento de que en Marx existe la posibilidad de la regeneración nacional desde la base de estructuras sociales no capitalistas. Sin dudas, este argumento parece muy seductor a primera vista, pero subestima un pequeño detalle. Si la nación moderna constituye una forma específica de configuración de la totalización social, es decir, da cuenta de una modalidad históricamente particular de la unificación política a partir de un principio articulatorio de constitución social, entonces la conformación del metabolismo nacional está ligada a la superación de la coacción extraeconómica del ámbito de las relaciones sociales de producción. Esto significa que el surgimiento de la nación moderna se implica sólo con la separación orgánica de los ámbitos económico y político, lo cual sucede sólo cuando el modo de producción capitalista se vuelve una forma dominante dentro de una formación social específica. Si la economía es aún un ámbito revestido de poder coactivo que funciona públicamente en la sociedad, entonces no existen las condiciones para la producción nacional. Debemos preguntarnos: ¿acaso es posible la separación orgánica de los ámbitos de la economía y la política bajo otro principio diferente al horizonte de la modernidad? Desde nuestra perspectiva, las sociedades precapitalistas no se organizaron bajo la forma del Estado-nación, pues su regla general es la diversidad estamental. La producción nacional supone esta relación que tortuosamente nos ha heredado el modo de producción capitalista.

Conclusiones: balance de posiciones

La perspectiva de construcción nacional que piensa Aricó remite directamente, desde nuestra perspectiva, al concepto de revolución pasiva de Gramsci. Por revolución pasiva referimos a un proceso de reacción política conducido desde el Estado a partir del cual se constituye una forma de dominación basada en la capacidad de las clases dominantes para promover reformas conservadoras bajo el ropaje de transformaciones revolucionarias que recogen ciertas exigencias populares con la finalidad de garantizar el proceso restaurador en su conjunto, producir un consenso con las clases dominadas y elaborar un transformismo para evitar así la vía jacobina de la política. La revolución pasiva implica la introducción de pequeñas dosis de lo nuevo para salvar lo viejo y extinguir los saltos cualitativos. Se trata de un término que privilegia los cambios desde “arriba”, pero no puede remitirse sólo a los procesos de formación nacional en Latinoamérica, pues es bien sabido que el propio Gramsci utilizó este concepto para analizar el proceso nacional del Risorgimento italiano. La cualidad de la categoría “revolución pasiva” estriba en que nos permite comprender la significación histórica de las “aperturas” políticas liberales donde se abre la posibilidad de la democratización electoral “inclusiva”. Se trata de una referencia obligada para pensar los Estados-nación bajo coordenadas teóricas que no pueden remitirse al viejo Estado hobbsiano absolutista y externo a la sociedad civil.

Sobre estas coordenadas Aricó destaca continuamente esta vía de constitución nacional desde arriba pero sin desconocer su carácter conservador e incompleto, pues en este sentido las formaciones nacionales requieren del marco de las relaciones capitalistas como fundamento y límite histórico. De esta manera, la enseñanza que nos deja Aricó es que el Estado no es un simple reflejo de las relaciones producidas por la sociedad civil, pues posee la capacidad para ordenar y actuar sobre esa misma sociedad de la cual forma parte. El Estado es un espacio donde se condensa el poder productivo de la representación por más formal que sea éste, por eso es que no es el simple predicado de la sociedad civil, sino que posee una autonomía relativa propia. La perspectiva de Aricó es valiosa porque nos permite comprender: 1) la dinámica de la formación de los Estados dependientes; 2) el papel de la burocracia, los aparatos coercitivos y los intelectuales, sobre los que se cimentó aquella futura apertura electoral de masas; 3) la preponderacia del Estado en relación a la organización obrera y campesina; 4) el caudillismo popular construido desde arriba.

Debemos añadir que esta dialéctica entre el Estado y la sociedad, y la primacía que pudiera tener un momento sobre otro, no remite a una relación ontológica de categorías, sino a su dinámica histórica cimentada en la lucha política de clases. El análisis concreto para la comprensión de las particularidades históricas es el marco de referencia central sobre el que se puede comprender la racionalidad dialéctica de la nación y su conexión orgánica con el Estado-sociedad civil. Recordemos que no por casualidad Aricó es el introductor de Gramsci en América Latina. Aricó buscaba salir de la ortodoxia clásica que le impedía explicar la racionalidad del peronismo y el movimiento obrero más allá de la teoría clásica de la “falsa conciencia”. En su experiencia, el reto de reconstrucción nacional no podía ser una tarea de segunda importancia para estos procesos. Además, con la dura lección de la dictadura, aprendió que el tema de la democracia no podía ser soslayado. Aunque, por otra parte, es cierto que debemos investigar qué tanto el tema de la democracia eclipsó al del socialismo: ¿era una necesidad inevitable que la “autonomía de la política” arribara al institucionalismo del alfonsinismo sin horizonte socialista? Nosotros creemos que no.

Por otro lado, la respuesta de Linera es fundamental en tanto que relativiza la vía nacional señalada por Aricó por medio de la vindicación de la perspectiva jacobina que es teorizada como una especie de suturación de aquello que no puede hacer la simple estatalidad. Para Linera las luchas sociales tienen una primacía frente al Estado: los movimientos institucionales, las transformaciones de las formas de régimen, los cambios de gobierno e incluso la relación entre los Estados, se encuentran sobredeterminados por un núcleo central que se concentra en la correlación de fuerzas civiles a nivel popular autoorganizativo. Si existen formaciones sociales incompletas, ello remite a la formalidad de la política y la dominación real que expulsa constantemente a los grupos subalternos en tanto que los intereses clasísticos son el límite histórico sobre el cual puede construirse un proyecto nacional. La perspectiva de Linera es en extremo vigente porque ilumina la cara oculta de la independencia (el orden y el progreso) en relación a: 1) los dolorosos siglos de negación de la dignidad étnica e identitaria; 2) el despojo y los genocidios; 3) la explotación sangrienta de las clases subalternas que permanentemente han sido excluidas de la vida nacional. Finalmente, Linera señala un derrotero fundamental —con el cual Aricó estaría de acuerdo— para intentar avanzar sobre esos proyectos incompletos de formación nacional: la necesidad de la movilización popular y la construcción de poder político desde abajo. ¿Quién podría negar esta necesidad?

Debemos señalar que en Linera la experiencia de su organización, COMUNA, fue un importante proceso de reencuentro intelectual entre el marxismo y el indigenismo que, finalmente, llegaba a una conclusión clara: el antiestatalismo como columna central de su política. La comuna de parís sería la referencia histórica fundamental sobre la que se cimentaría la revolución popular anticapitalista, antiestatal y superadora de los males coloniales y racistas provenientes de occidente. Una viraje importante en el destino de Linera se da en 2005 con la victoria del célebre presidente Evo Morales: Linera es el intelectual orgánico de la dignificación indígena y por eso es compañero de Evo en la fórmula presidencial. En la coyuntura de la victoria el horizonte de la emancipación era la transformación democrática y plurinacional del Estado mediante la fuerza popular: ¿Cómo convertir al Estado en un ente productivo de hegemonía y portador de una nueva cultura de renovación ciudadana? ¿Cómo arbitrar en aquella coyuntura en la que no se podía evitar el tema de la industrialización y el crecimiento interno? Es evidente que sin Gramsci, y aquellos teóricos de los conceptos de democracia y nación como Aricó, todo este proyecto (aun con sus evidentes defectos y limitaciones) no podría entenderse hoy. Por eso es que los conceptos de Estado y sociedad civil no pueden comprenderse, desde nuestra perspectiva, sin la referencia obligada a la realidad histórico-concreta sobre la que se afirman. El marxismo no es una ontología de categorías que se aplican como una sustancia a la sucia superficie de la historia.

Bibliografía:

-Aricó José, Marx y América Latina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.

-Echeverría Bolívar, “El problema de la nación desde la crítica de la economía política”, en El discurso crítico de Marx, México, Fondo de Cultura Económica, 2017.

-García Linera Álvaro, “América”, en La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Buenos Aires, Siglo veintiuno Editores-CLACSO.

-Gramsci Antonio, Antología (a cargo de Manuel Sacristán), México, Siglo Veintiuno Editores, 1977.

-Hobsbawm Eric, Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1991.

-Marx Karl, “Bolívar y Ponte”, en Aricó José, Marx y América Latina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.

-Rivadeo Ana María, El marxismo y la cuestión nacional, México, Facultad de Estudios Superiores Acatlán, 1994.

-Veraza Jorge, 1847-1897. Los escritos de Marx y Engels sobre México (Su coherencia y vigencia en confrontación con el Marx y América Latina de José Aricó), México, UNAM, 1999.

Artículos consultados:

-Orovitz Sanmartino, J. (2013). Contrapuntos en torno al Estado y la sociedad en América Latina. Aproximación a la indagación teórica de José Aricó y Álvaro García Linera. Revista electrónica de estudios latinoamericanos, No. 43, pp. 1-16.

-Parodi, R. (2019). ¿Un nuevo desencuentro entre Marx y América Latina? José María Aricó y Álvaro García Linera: una discusión sobre la finitud del marxismo. Revista Sociedad, No. 38, pp. 30-44.

1Karl Marx, “Bolívar y Ponte”, en José Aricó, Marx y América Latina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 248.

2José Aricó, Marx y América Latina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 140-141.

3Ibíd., p. 180.

4Jorge Veraza, 1847-1897. Los escritos de Marx y Engels sobre México (Su coherencia y vigencia en confrontación con el Marx y América Latina de José Aricó), México, UNAM, 1999, p. 55.

5Bolívar Echeverría, “El problema de la nación desde la crítica de la economía política”, El discurso crítico de Marx, México, Fondo de Cultura económica, 2017.

6José Aricó, Ibíd., p138

7Álvaro García Linera, “América”, en La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Buenos Aires, Siglo veintiuno editores-ClACSO, p. 59.

8Ibid., p. 60

9Ibid., p. 63

10 Eric Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1991, p. 18.

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