Coordenadas mínimas para una investigación gramsciana sobre la globalización

Podría resultar extraño resaltar o construir una relación entre la actual globalización y la teoría de Antonio Gramsci. La extrañeza, creemos nosotros, podría hallarse bien fundada si partimos de que Gramsci era un marxista original, es decir, estaba dispuesto a reexaminar el marxismo, poniéndolo a prueba respecto de sus propias circunstancias: la ampliación del Estado por medio de un conjunto de revoluciones pasivas (fascismo, fordismo y New Deal) que abrirían el camino a un nuevo patrón de hegemonía. Será este el escenario de donde surgirán esas reflexiones sobre el Estado capitalista como proceso permanente de equilibrio inestable entre la coerción y los compromisos sociales entre las clases. La novedad de estas reflexiones no estriba en la producción de elementos para una teoría marxista de la política ya constituida, sino en la modificación (con base en Lenin y en Marx) de la concepción de la política: su estatuto, sus fronteras en el propio marxismo y su visión estratégica para la transición al socialismo. Sin embargo, la concepción de la política no se reduce a la comprensión del Estado ampliado, sino a la historia de la lucha de clases en sentido global: temporal y espacial.

En un primer momento de su militancia la concepción de la política se ve interpelada por el paradigma del auge revolucionario de 1917 en tanto que fase frontal de la política: la actualidad de la teoría leninista del eslabón más débil resultó ser una verdad absoluta. No obstante, la teoría de los consejos no se limita a la exportación de la experiencia rusa. Cierto es que Gramsci pensaba que los consejos eran espacios de producción de nuevas formas de democracia, más radicales y consecuentes que el parlamentarismo. Pero el consejismo gramsciano extiende la superación de la teoría de las revoluciones en dos etapas: los consejos construyen y destruyen al mismo tiempo. La escisión fetichista (que metodológicamente puede funcionar) entre la economía y la política se re unifica en los ojos y en las lágrimas de todos los trabajadores que edifican estos nuevos órganos de poder autónomo de clase. La teoría del socialismo se aprende en las barricadas, la escritura son las armas, la ética de la solidaridad el alma, y la esperanza inmanente la nueva religión.


En un segundo momento, Gramsci rebela que la espontaneidad como movimiento de autoorganización necesita ser educada no a la manera de la importación de la conciencia de clase de las vanguardias epistemológicas, sino como traducción viva por medio del partido que dialectiza la pasión y el pensamiento, la emoción y la inteligencia, la crítica de las armas y las armas de la crítica: el horizonte catártico de la formación de un nuevo bloque histórico. Lo fundamental no es ahora la toma del poder, sino transformarse en Estado, ser Estado y extinguirse en él. El partido no es una organización técnica, sino el ensayo de ese nuevo bloque en el poder.

La genialidad de Lenin brilla cuando captura los elementos centrales de la crisis de la socialdemocracia e impulsa la actualidad de la revolución en el marco de una desorganización social en medio de la guerra imperialista. La genialidad de Gramsci se despliega en otro momento del capitalismo, que refiere a la estabilización del poder clasístico del capitalismo fordista (el mal llamado “Estado benefactor”) que alcanzaría su gran auge con la hegemonía que Estados Unidos alcanzaría después de la segunda guerra mundial. Más allá de la inutilidad que representan las comparaciones puntuales entre pensamientos que florecen en situaciones históricas diferentes existe, sin embargo, una continuidad entre estos dos gigantes. Nos referimos a una continuidad fundada en el Lenin de los últimos años: preocupado por el avance de la burocratización en la URSS, la rusificación de los partidos comunistas y la necesidad de remplazar la estrategia de la toma del cielo por asalto por la del asedio contrahegemónico. Como dirá Gramsci, en “el principio teórico-práctico de la hegemonía (…) debe buscarse la aportación teórica máxima de Ilich a la filosofía de la praxis”.1

En realidad, los análisis carcelarios de Gramsci versan sobre las sociedades complejas pero desarticuladas, penetradas por intensas crisis hegemónicas y por ejercicios de revoluciones pasivas llevadas a cabo por sectores cesaristas capaces de reconstruir la unidad de las clases dominantes y las burguesías financieras por medio de la desarticulación de las voluntades políticas de los sectores populares. Tal vez la única actualidad de Gramsci es que, si este es el terreno sobre el cual coloca su reflexiones, no sería casual que sus análisis estén más cerca del tipo de sociedades latinoamericanas actuales, que de las formaciones sociales del capitalismo avanzado, mismas que han sido teorizadas por Žižek o Frederic Jameson. Pero esta actualidad, principalmente en relación a los Cuadernos, no se debe a que sus análisis y sus esfuerzos teóricos intentaran saturar la historia de la lucha de clases por medio de una teoría omnicomprensiva de la hegemonía y los intelectuales orgánicos. Su finalidad era contestar una pregunta más concreta, coyuntural, mundana y hasta terrenal: ¿por qué hemos perdido? Si la pregunta es pertinente entonces la respuesta apunta a comprender una época marcada sobre todo por la crisis de los años treinta y la reconstrucción política del capitalismo frente a esta crisis. En este sentido tal vez, como dice Portantiero, Gramsci no sea el pensador de las superestruturas, sino de la coyuntura.

Con este esbozo sobre la historización del pensamiento de Gramsci, es aun más pertinente extrañarse ante cualquier intento para establecer una relación de su pensamiento con los problemas actuales que se aparejan con el auge de la globalización. Es extraño, por ejemplo, que en este contexto: 1) el Estado pueda comprenderse como un proceso de coerción y compromisos sociales; 2) existan revoluciones pasivas; 3) el avance hacia el socialismo se recorra por las veredas de la expansión de la democracia. En realidad: i) el Estado parece pura coerción; ii) las clases dominantes no producen la hegemonía mediante revoluciones pasivas, sino que intentan conseguir el quietismo de la sociedad mediante una estrategia que despliega el terror neoliberal; iii) la estrategia de la izquierda anticapitalista consiste en autonomizarse de todo lo que tenga que ver con el Estado y construir su política sin él. El capitalismo de hoy se nos aparece más como en el Manifiesto Comunista, en donde el Estado es un comité de administración de los asuntos de la burguesía en el marco del despliegue de un capitalismo que parece sepultar sus antiguas bases nacionales y en donde la pauperización de la sociedad alcanza niveles que hacen muy real la consigna de que los trabajadores no tienen nada que perder. Entonces ¿por qué Gramsci? ¿Por qué nuestra necedad?

Contestaríamos: porque queremos ganar

El contexto en el que queremos ganar implica el terreno de una verdad incontrovertible: el capitalismo le declaró la guerra a la clase obrera, y la ganó. Esta guerra ha sido prolongada hasta nuestros días y refiere a una estrategia de poder para gestionar una crisis permanente respecto de la base política, económica e ideológica del fordismo. En otras palabras, una crisis de la reproducción del sistema hegemónico anterior. Nuestra época comienza con la crisis permanente de eso que Gramsci, con mucho asco, veía nacer.

No es de extrañar que la actual globalización sea, antes que nada, un fetiche, en el sentido antropológico: un muñeco de trapo en el que se ensartan las agujas de la esperanza, el fin de la historia, la difuminación de las fronteras o la muerte de los viejos estados nacionales. Pero con estas ideas neoliberales acerca de lo “global” asiste la propia ortodoxia marxista que desestima por completo el hecho de que la globalización sea un fenómeno social nuevo. Incluso, en el marxismo crítico no hay un acuerdo común en relación al significado de los términos “globalización” y “neoliberalismo”. A veces significan una misma cosa o, si se quiere diferenciar a la globalización del neoliberalismo, se utilizan términos como “mundialización”, “internacionalización” o “trasnacionalización” capitalista. En este punto las investigaciones críticas en torno a los orígenes de la globalización son muy amplias. Algunos (como Wallerstein, Saxe-Fernández o Ferrer) destacan la trasnacionalización del capitalismo desde sus orígenes, pero otros (como Petrella, Dabat, Hirsh o Rivadeo) insisten en la novedad de las estructuras del capitalismo.

Nosotros creemos que la globalización es una nueva fase del capitalismo en su estadio imperialista, es decir, envuelve una reconfiguración de complejas articulaciones, contradicciones y relaciones de fuerza en todos los ámbitos sociales, tanto nacionales y mundiales, y en su articulación intrínseca. Se trata de un proceso de ampliación cualitativa del capitalismo que intensifica las interconexiones planetarias bajo nuevos entramados geoestratégicos y sociales nunca antes conocidos. Este proceso ha avanzado bajo tres consignas: A) liquidación material de los compromisos establecidos con las clases trabajadoras durante el periodo de sustitución de importaciones; B) aumento de las tasas de plusvalor por medio de la combinación de nuevas y viejas formas de explotación; C) sometimiento neocolonial de las periferias capitalistas a Estados Unidos. Lo común a estas consignas es una estrategia bien definida: construir el fin de la esperanza. Y también hay una táctica epocal: la desintegración de la matriz popular y democrática de lo nacional.

En otros textos hemos abordado el problema de la cuestión nacional. Aquí sólo resaltaremos el hecho de que la nación es la forma de dominación más universal sobre la que se cimienta el poder de las clases dominantes. Lo nacional es la sobredeterminación histórica de lo económico, lo político y lo ideológico, como cristalización temporal de un equilibrio inestable entre las clases dominantes y las dominadas bajo la dirección de una fracción fundamental. Cuando el hecho nacional se encuentra en crisis, lo hegemónico de una clase tiene serias dificultades para estabilizarse, pero incluso con la inestabilidad de la crisis de nación, el poder puede mantenerse con mucha, pero no absoluta, fuerza. Por eso es que con la globalización la forma nacional no desaparece, sino que se modifica sustancialmente a favor del capital y en detrimento de la soberanía popular. Lo fundamental de la globalización es una transformación profunda de las correlaciones de fuerzas de los sistemas de dominación y las conexiones entre éstos. Sólo sobre esta base es posible la liberalización de los flujos de capital y mercancías respecto de las fronteras. Y así la flexibilidad del capital se agudiza y la competencia entre los estados nacionales se intensifica.

Eso que llamamos “mercado mundial” refiere a una diversidad de interacciones entre muchos procesos de antagonismo y complementariedad que poseen cierta autonomía relativa. Es un hecho, por ejemplo, que toda acumulación del capital requiere de una regulación política, aparatos y procedimientos ínter y trans estatales como presupuesto del ámbito de la circulación y la producción. Esto ocurre a través de los aparatos gubernamentales de los países poderosos, bancos centrales, organizaciones y corporaciones trasnacionales. Dicha confluencia se encarna en instancias cada vez más informales, privadas y exentas de todo control democrático (FMI, BM, G8, OMC, BIRD). Como dice González Casanova, estos espacios conforman un “proto-estado del capital trasnacional”.

No obstante, como hemos señalado, la regulación y las relaciones de clase permanecen ligadas a la forma estatal-nacional que extiende sus contradicciones en el marco de los conflictos interestatales. Es por ello que: I) esos sistemas internacionales sólo desarrollan una coherencia restringida; II) los poderes del capital trasnacional no constituyen una especie de limbo enfrentado a los estados nacionales inermes, sino que se hallan en el seno de los aparatos de Estado dependientes y dominantes, y dentro de los partidos políticos que buscan su lugar en el ejecutivo para producir condiciones óptimas respecto del capital trasnacional; III) la terminología referente a un “supra-estado” (Rosa Luxemburgo) sirve más como una metáfora confusa que como un concepto científico de la filosofía de la praxis.

De manera análoga, bajo los supuestos que hemos trazado podemos exponer brevemente el problema de “las burguesías nacionales”. Cierto es que el estadio imperialista entraña una interpenetración internacional de los capitales, que subsiste aún con la diferencia entre sectores de esa burguesía enteramente adscritos a las burguesías extranjeras o burguesías rurales con características “nacionales”. No obstante, en la fase de la globalización la idea de burguesías con base industrial y de acumulación nacional enteramente propia, es prácticamente insostenible, pero ello no quiere decir que sean meras burguesías compradoras e intermediarias entre la “economía nacional” y el capital global.

Será Poulantzas (en su texto Las clases sociales en el capitalismo actual) quien, enfrentando este problema, propondrá la categoría de “burguesías internas”. Esta burguesía se diferencia de las burguesías compradoras y de las “meramente nacionales”. La trasnacionalización del capital ata a estas burguesías mediante lazos de dependencia a los procesos mundiales de división del trabajo y de concentración del capital. Poseen una base de acumulación en el seno de su formación social y al mismo tiempo se hallan sometidas a efectos de disolución de su autonomía relativa, tanto política como cultural. En el propio seno del proceso de la globalización se hallan estas contradicciones entre las burguesías internas y las trasnacionales. Una vez más, eso que llamamos capital global es el modo de la existencia concreta de ciertas imbricaciones orgánicas entre las burguesías internas. No refiere a una cosa exterior a estas articulaciones, o por encima de las conexiones entre los estados nacionales.

Si es evidente que la especificidad de esta fase del capitalismo no es la del estado nacional como singularidad, también debe ser claro que los términos “internacionalización” y “mundialización” son imprecisos. El primero se aplica también para las fases anteriores al imperialismo, y el segundo no delimita la especificidad de la etapa actual. Creemos que el término “trasnacionalización”, de inspiración gramsciana, es el más adecuado por lo siguiente: a) especifica la universalidad de los complejos atravesamientos (tras)nacionales y las mutaciones de los sistemas hegemónicos precedentes; b) resalta la presencia de lo particular en el seno de la universalidad; c) logra la construcción de lo universal como categoría concreta (según el sentido del método de los Grundrisse).


Volver a Gramsci para volver a nuestro tiempo

Cuando decíamos que nuestra época parecía más cercana a la realidad balanceada por el Manifiesto lanzábamos una provocación a todos aquellos que no son marxistas, es decir, aquellos que creen que el marxismo es un sistema cerrado, todo poderoso frente a los problemas del presente y desdeñoso ante los saberes de las “ciencias burguesas”. Es muy fácil saber que si el marxismo fuera ésto, y ojalá lo fuera, ya habríamos ganado. Nosotros comenzamos al revés de aquella consigna al final del Manifiesto. Creemos que el pueblo aún tiene mucho que perder, porque esas victorias, inscritas en esa cosa tan contradictoria que se llama “nación”, aún pueden ser aplastadas: podemos retroceder aún más. Defender estas victorias no significa retroceder la rueda de la historia ni convertirnos en reformistas. Significa comprender el marxismo, o los diferentes marxismos, como proyectos que en última instancia se definen en su lucha por tratar de liberar a la democracia, de sacarla del estado de secuestro en el que se encuentra actualmente. La democracia, el autogobierno del pueblo, requiere que la facultad política fundamental que define a éste como sujeto, la capacidad de formar la figura concreta de su socialidad, actúe efectivamente.

En el contexto actual y con relación a la democracia, el problema puede plantearse de la siguiente manera: en tanto que no exista una sociedad mundial cuyo despliegue implique mutaciones profundas en la lógica del capitalismo, sólo el estado nacional ofrece el terreno en el que puede desarrollarse la autodeterminación social democrática frente a la ofensiva del capital trasnacional. No obstante, el estado nacional se encuentra atravesado por la violencia del capital trasnacional. Entonces el dilema o la contradicción es la siguiente: cada vez es más difícil asegurar la democracia y los derechos humanos en el marco estatal nacional, pero al mismo tiempo, bajo nuestras condiciones, no disponemos de otro terreno político desde el cual esta lucha pueda extenderse sólidamente. Es claro que este problema compromete la renuncia a todo sectarismo y la abertura a nuevas praxis críticas capaces de trascender el nacionalismo y el internacionalismo abstracto.

Pensamos que un posible plan de acción frente a este atolladero involucra: 1) el desarrollo de lo nacional en tanto perspectiva por la homogeneización, la universalización y la democracia; 2) la liquidación de los nacionalismos particularistas, por medio de la defensa de la democracia, aunque sea contradictoria y abierta. De ahí que nuestra perspectiva enlace con la construcción de una alternativa universal, mundial y democrática, es decir, con un nuevo internacionalismo. En otras palabras nuestra perspectiva involucra una lucha dentro del Estado y al mismo tiempo en contra de él, por la nación y en contra de cierta versión de la nación.

La crisis política, como crisis nacional, que atraviesa hoy en día la sociedad mexicana es refuncionalizada (no así superada) por el Estado mexicano mediante el autoritarismo que refuerza sus propios aparatos. El Estado actual, cuyo estatismo autoritario es terriblemente real, como dice Poulantzas, también es un coloso con pies de barro que huye por un suelo que le falta (el de la hegemonía), cosa más clara aun en el plano político. De ahí que sean muy ciertas y legítimas aquellas impresiones en torno al Estado como un comité que administra la pura fuerza frente a las clases que somete (en Gramsci estas situaciones conciernen a la categoría de “crisis orgánica”). Pero sería un error fatal prolongar esta impresión hacia una política de abandono del único terreno concreto sobre el que podemos defendernos del Estado capitalista y el capital trasnacional: la reconstrucción nacional y el desarrollo de la democracia popular. Después de todo, nuestra caracterización se basa en una ley muy sencilla de la vida: una relación ilusoria con el futuro —es decir, no basada en el conocimiento de las posibilidades reales del presente— se convierte en un obstáculo para la transformación efectiva del mundo.

1 Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, México, Era, 2000, Cuaderno 10, §12, p. 146, Tomo 4.

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