De cómo la moral se volvió política en México

Por: Ricardo Gutiérrez González

El primero de julio, un plan de transformación nacional que venía construyéndose desde hace varios años finalmente dio frutos: la victoria de Morena en las elecciones presidenciales. Lo que algunos llaman -con tono asustadizo- “cambio de régimen”, es más bien la entrada en escena de un nuevo gobierno, que llega a la silla con un programa que político basado en nuevos compromisos sociales con diferentes luchas sociales y al mismo tiempo con una perspectiva del perdón que pretende reconciliar a diversos grupos y sectores sociales.

Pero este plan de transformación -que los morenistas llaman “de regeneración nacional”- tiene su historia, sin la cual no es posible comprender la política actual en México. Para los estrategas de campaña de AMLO ha habido un continuo aprendizaje ante acontecimientos que van desde el salinismo y el fraude electoral contra Cuauhtémoc Cárdenas, hasta el gobierno espurio de Calderón y la “telenovela” peñista. Este proceso de aprendizaje es, sobre todo, la negación de las antiguas formas de realizar política -pertenecientes a la derecha neoliberal- que incluyen todas esas artimañas que ya conocemos: desde la compra y cooptación del voto, hasta la eliminación violenta de la oposición y la difamación en los medios de comunicación. Y, como Morena se opone a estas prácticas, es natural que reivindique otras, sobre todo la realización de lo que ellos llaman “una narrativa transmedia”.

Esta noción significa, para los morenistas, la construcción de una historia coherente, verosímil, alrededor de un personaje o una idea, pero que no pretende, en ningún momento, convertirse en “verdad”. Así, durante los últimos 18 años, el plan fue hacer creíble la “historia del luchador social a favor de los pobres” (sic.) que pretendía la imagen de AMLO. Pero, además, agregaron otros ingredientes ideológicos a la narrativa: frases y términos como “sólo el pueblo puede salvar al pueblo”, “mafia del poder”, “amnistía”, “no robar, no mentir y no traicionar”, comenzaron a sonar en todo México, y para todas ellas, Morena tenía “derechos de autor”.

Y aunque a veces la política se aparta de la moral para poder construirse, Morena hizo que se acoplaran, es decir, subsumió el discurso moral para desarrollar de manera amplia su proyecto que incluye, desde luego, la transformación de un sentir moral común.

En México, la estrategia popular que utilizó AMLO para llegar al gobierno incluyó, desde luego, la construcción de una intención nacional, que apelaba a combatir distintos vicios de la partidocracia y oligarquía neoliberal mexicana por medio de, nada más y nada menos, que virtudes de tipo moral como la honradez y la humildad. No es desconocido el discurso de AMLO que incluso bastantes reprocharon. ¿Cómo acabar con la pobreza y la violencia en México? Su respuesta era la misma: combatiendo la corrupción y la impunidad, con humildad y honradez.

Actualmente el discurso de AMLO pretende neutralizar a diversas esferas de la partidocracia, convirtiendo en trending topic y centro de los debates a las políticas como las consultas (que buscan generalizar a proyectos de interés nacional y que fue la vía para cancelar el NAICM en Texcoco), la austeridad republicana o la famosa amnistía.

Con el tiempo, el discurso moral de AMLO demuestra algo consistente: un compromiso con el pueblo a través del combate, desde las instituciones, a los grandes males que lo aquejan como la corrupción, el desempleo, la privatización de recursos naturales y bienes sociales -como el agua, la educación y la energía-, además de la diferenciación y constitución del pueblo como sujeto político con la construcción de un partido que reivindica al pueblo como “protagonistas del cambio verdadero”, mientras que, a lo interno, construye una postura congruente con la ideología pacifista obradorista.

Sin embargo, no es esta la moral-política real o efectiva. La moral-política efectiva es la de millones de personas que viven día a día las penurias del avance neoliberal y su extrema violencia, que salen a trabajar en condiciones inhumanas, con salarios de muerte y con la amenaza de ser atacados por el crimen organizado; es la moral de miles de mujeres que salen a las calles bajo la amenaza del feminicidio y las violaciones. Es la moral de los jóvenes que están hartos de no tener trabajo o de no poder recibir educación de calidad, de verse orillados a incursionar en el crimen organizado donde tienen una esperanza de vida de cinco años.

En general, la victoria de este primero de julio fue la de un sentimiento moral nacional, que provenía del hartazgo ante las injusticias propiciadas por el Estado neoliberal y sus representantes de la partidocracia, y al final, este sentimiento se convirtió en un voto de confianza ante una propuesta que se plantea transformar la manera de hacer política.

Por eso estamos hablando un sentir moral construido por un actor político heterogéneo, que entrelaza sus ideales e incluso sacrifica sus intereses más inmediatos en pro de una solución colectiva. Es un sentir moral que aglutina las esperanzas.

Por eso vale la pena apostar por esta nueva transformación que pretende elevar el sentimiento moral de esperanza en las consciencias. Pero sigamos siendo críticos: veamos cómo se desarrollarán los próximos seis meses al mismo tiempo que radicalizamos nuestras consignas y nuestra práctica. Nos vemos en las futuras coyunturas.

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