De la Edad Media hasta hoy: La violencia contra las mujeres como táctica del Capital

Entre 1346 y 1361, la peste negra mató al 40% de la población  europea. Esta epidemia trajo consigo consecuencias  trascendentales en la estructura social de aquellos ayeres, pues para las clases dominantes significó la reducción alarmante de fuerza de trabajo.

Entonces, regía el sistema feudal como modo de producción pero la economía de mercado y el uso del dinero ya prefiguraban al capitalismo. Las clases dominantes (La Iglesia y la Nobleza) habían enfrentado durante un siglo y medio intensas rebeliones de campesinos y proletarios urbanos, que buscaban una alternativa comunal que reemplazara el sistema feudal pero también a la economía de mercado que se expandía. Impulsando ésta última, la naciente burguesía participaba también de la lucha anti-feudal.

Después de la peste negra y la reducción insólita de la población, se debilitó el dominio de la nobleza y los señores feudales. La gente estaba muriendo masivamente. Los proletarios y campesinos ya no querían trabajar,  solo deseaban disfrutar su vida. Después de todo ¿quién les garantizaba que mañana estarían vivos? Dejaron de preocuparse por el futuro y rompieron con toda forma de disciplina y obediencia hacia los “señores” y la iglesia. La fuerza de trabajo se tornó escasa, lo que significó un aumento gigante en los salarios del proletariado. Ya no se podía chantajear a los campesinos con echarlos de sus tierras, pues había miles de hectáreas desocupadas.

Con la debilidad de la clase dominante y el acumulado de las luchas comunales de los movimientos “herejes”*, los plebeyos revaloraron su importancia histórica. Dejaron atrás la humillación y confrontaron a sus antiguos dueños. Organizaron asambleas, formaron ejércitos, construyeron gobierno y se hicieron de talleres y tierras en toda Europa. Fue el periodo más intenso de la lucha de clases en la Edad Media. Las posibilidades de un futuro diferente al que ahora tenemos eran palpables. Sin embargo, la revolución fue derrotada en 1535 con el aniquilamiento de los comuneros en la Guerra Campesina de Alemania.

Pero… ¿por qué fueron derrotados y donde están las mujeres en esta historia? Silvia Federici, en el “Calibán y la Bruja”, nos explica claramente:

La incipiente burguesía, que combatió contra el orden feudal, tempranamente supo distinguir a los proletarios y campesinos como un enemigo más peligroso que la nobleza. La burguesía se fundió en una alianza con la Iglesia y la nobleza europea, para dar nacimiento a una fuerza contrarrevolucionaria centralizada que pudiera aplastar la amenaza plebeya. Se trataba de  los primeros cimientos del Estado moderno.

Las mujeres fueron el primer objetivo para destruir la revolución. “Transformar el antagonismo de clase en hostilidad contra las mujeres proletarias” fue la estrategia de las clases dominantes. Príncipes y mercaderes implementaron una perversa política sexual para cooptar a la juventud rebelde mediante el acceso gratuito al sexo: la violación fue permitida en toda Europa. Ellos podían violar a mujeres proletarias con plena impunidad estatal. Se naturalizó la violación a tal grado que pandillas de muchachos podían sacar a las mujeres  de sus casas y violarlas tumultuariamente en la calle. Al menos la mitad de los hombres proletarios participó en esas cacerías. El ataque a las mujeres proletarias con el consentimiento del Estado debilitó la solidaridad entre trabajadores.

Otro aspecto de la política sexual que fragmentó la revolución fue la instucionalizacion de la prostitución. Se establecieron burdeles por toda Europa, financiados por el Estado y bendecidos por la Iglesia; los consideraban un medio útil contra la homosexualidad. Hombres jóvenes se olvidaban de la revolución en la turbulencia de los burdeles y la violación. Cabe mencionar que el control del cuerpo de la mujer y sus conductas sexuales se volvieron asunto de Estado. Anteriormente la homosexualidad y el aborto eran toleradas por la Iglesia, pero después de la Peste Negra lo percibían como una amenaza para la reproducción de fuerza de trabajo.

Todo lo anterior generó un ambiente profundamente misógino que degradaba a las mujeres, insensibilizando a la población frente a la violencia contra ellas (preparando el terreno para la caza de brujas). Esto fue fundamental para la “acumulación originaria”; como llama Marx a al proceso sumamente violento que dio nacimiento al capitalismo.  La acumulación originaria implicó la expropiación de los medios de producción de los trabajadores, el saqueo de los pueblos originarios en América y África y, como sostiene Federici, la transformación del cuerpo en una máquina de trabajo y el sometimiento de las mujeres para la reproducción de la fuerza de trabajo.

Silvia anota que “La acumulación originaria no fue, entonces, simplemente una acumulación y concentración de trabajadores explotables y capital. Fue también una acumulación de diferencias y divisiones dentro de la clase trabajadora, en la cual las jerarquías construidas a partir del género, así como la raza y edad, se hicieron constitutivas de la dominación de clase y de la formación del proletariado moderno”.

Fue así como las clases dominantes aplastaron la revolución en la Edad Media y como el capitalismo fue la respuesta para reconfigurar la obtención de ganancias y recuperar el control. Degradar a las mujeres fue -y sigue siendo- una de las tácticas más importantes para destruir la posibilidad de mundos diferentes. Pues desde los orígenes de la humanidad, ellas son quienes articulan el tejido comunitario**.

Traer a la memoria estas historias nos puede dar pistas para entender la aterradora violencia que sufren las mujeres en el mundo, especialmente en México, donde ocurren 10 feminicidios al día y una violación cada 4 minutos; por citar solamente dos datos. La violencia, anulación y constante vejación de la mujer es una táctica de las clases poseedoras del capital que se ha enraizado en las prácticas sociales cotidianas para desmembrar el tejido comunitario de raíz e imposibilitar toda organización que luche por la liberación de los pueblos. Y son tales sus alcances que esa táctica se sigue reproduciendo incluso entre las filas rebeldes y las organizaciones populares.

Cualquiera que estudie con seriedad la historia y tenga intenciones sinceras de transformar el mundo, no puede pasar por alto lo fundamental de la lucha de las mujeres por su liberación. Cualquier organización que vele por los intereses del pueblo debe comenzar por combatir toda práctica de acoso, cosificación, anulación y agresión a las mujeres, pues la revolución será con nosotras o no será.


Katia Romero y Andrés Zamora


*Se recomienda ampliamente leer “El Caliban y la Bruja” de Silvia Federici donde, además de visibilizar la importancia fundamental que tuvo la guerra contra las mujeres para que el capitalismo lograse consolidarse, recupera la experiencia de movimientos populares medievales de alto impacto que fueron llamados “Herejes”. Ese conjunto de movimientos fueron en su momento el principal enemigo de la Iglesia.

** En otra entrega hablaremos sobre el origen de la humanidad y como las mujeres sostuvieron una sociedad comunitaria por millones de años.

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