Demoler el espacio monumental (o por qué hay que quitarle la cabeza a Colón)

El asesinato de George Floyd en Minneapolis, Minesota, hace ya unos meses, desató un gran número de protestas en contra de la discriminación racial en varias ciudades de Estados Unidos, Europa y América Latina. Motivadas también por el movimiento Black Lives Matter, la mayoría de estas movilizaciones comenzaron a tener un sello distintivo: el derrumbe de estatuas representativas de la colonización y la esclavitud como Cristóbal Colón y Edward Colston.

Lo que llama la atención es que este tipo de estatuas aparecen como monumentos en el espacio público, como edificaciones dentro de las ciudades que llegan a recibir un valor patrimonial por sus características arquitectónicas e incluso llegan a ser lugares turísticos. Pero más allá de sus funciones meramente urbanísticas, los monumentos se encuentran ahí recordándonos nuestro funesto pasado. Estatuas como las de Colón y Colston evocan un pasado totalmente colonial e imperialista, hecho que nos obliga preguntarnos: ¿Por qué siguen de pie si se supone que ya dejamos atrás esta parte de nuestra historia?

Una de las claves para entender la edificación de los monumentos modernos la podemos encontrar en la producción del espacio. De manera general, el espacio se presenta como producto y productor de lo social; esto quiere decir que la sociedad realiza su propio espacio, al tiempo que él mismo determina la constitución de las relaciones sociales. Dentro de este movimiento dialéctico se van configurando diferentes espacios de manera homogénea y diferenciada –como lo es el espacio urbano y el habitacional– dependiendo de la organización de diversos modos de producción dentro de una formación social en un momento dado.

De tal suerte que los monumentos pueden ser vistos como producto del espacio estatal moderno. Este particular espacio es resultado de la cristalización de las relaciones establecidas entre las clases sociales y sus fracciones dentro de la sociedad capitalista. Cuando alguna de estas clases se coloca sobre las demás mediante la dominación política tiende a signar al Estado y, por ende, al espacio. Así, la victoria de la clases dominantes sobre los sectores populares se ve reflejada en el espacio monumental: edificios públicos, portales, avenidas, carreteras, plazas y estatuas son expresiones materiales de autoridad que, bajo su esplendor arquitectónico, ocultan la voluntad de poder estatal que llegan a estar cargadas de una significación totalmente represora y colonizante [1].

Es por ello que las estatuas de Colón y de los esclavistas como Colston siguen de pie en casi toda Europa y América. Estas figuras imperialistas representan el asiento de la hegemonía de las clases dominantes revestidas de poder institucional [2]. Son la materialidad de un consenso activo y de los intereses de los grupos dominantes que pretenden que el resto de la sociedad los haga propios. Normalizar la colonización y la esclavitud, revindicar el mestizaje como parte irremediable de nuestra historia y celebrar el “descubrimiento” de América cada año forman parte de este consenso que se plasma en imágenes estáticas visibles a los ojos de todo el mundo.

Pese a ello, en América Latina algunos de los gobiernos que enarbolaron propuestas de confrontación con el neoliberalismo de la últimas décadas renegaron de este discurso colonial y removieron varias de esas estatuas, como aconteció en Bolivia, Argentina y Venezuela [3]. En el resto de la región, la respuesta popular frente al colonialismo ha sido la fuerza que ha quitado a estas imágenes. Tal es el caso de México, en donde el 12 de octubre de 1992, en una manifestación en contra del quinto centenario de la llegada de Colón, indígenas del sureste derrumbaron la estatua de Diego de Mazariegos, el conquistador español que fundó la ciudad de San Cristóbal de las Casas. Ese mismo año, pero en la ciudad de Morelia, era derribada la efigie del virrey Mendoza por indígenas purépechas.

Recientemente esa respuesta popular también se ha manifestado en el levantamiento de múltiples anti-monumentos. Éstos condensan el dolor y la indignación de todos aquellos a quienes el Estado mexicano ha violentando y que no han conseguido reparo alguno. La muerte de las niñas y niños de la guardería ABC, la desaparición de nuestros compañeros de la normal de Ayotzinapa, y los feminicidios se materializan en contra-espacios monumentales que proyectan sobre el terreno la gravedad de la violencia estatal y la urgencia de verdad y de justicia.

Las expresiones de agravio a las estatuas de figuras del colonialismo y la producción de anti-monumentos son signos de la necesidad de abolir los sentidos coloniales de nuestra sociedad y de profundizar la disputa hegemónica también desde la construcción de contra-espacios monumentales. Aunque el grueso de la población aún ve con desprecio el dañar monumentos (pues el discurso que todo el tiempo declara el Estado es el de que se deben preservar, de que contienen parte de la historia y que cuentan un valor patrimonial está muy arraigado dentro del sentido común) la tarea aquí es mirar a contrapelo la historia y el espacio de los cuales surgen esas narrativas estatales. Esto lo saben perfectamente nuestras compañeras feministas, que cuando protestan signan el espacio monumental con su furia y dolor causada por la violencia patriarcal. Ellas nos están mostrando que es desde la indignación compartida por la violencia que se ha ejercido durante siglos [4] que se debe remover la estructura material de la ideología y, dicho sea de paso, desollar a nuestro Colón interno.

Notas y referencias

[1] Lefebvre, H. (1972). La revolución urbana. Madrid, España: Alianza Editorial.

[2] Morton, A. D. (2018, 26 noviembre). Espacio estatal y “retroceso del estado” bajo el neoliberalismo. Progress in Political Economy (PPE). Recuperado de https://www.ppesydney.net/espacio-estatal-y-retroceso-del-estado-bajo-el-neoliberalismo/

[3] En Argentina el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner removió una estatua de Colón en Buenos Aires para colocar una monumento a la insurgente Juana Azurduy. El gobierno de Evo Morales en Bolivia nombró a Colón persona “non grata”. En Venezuela, durante el mandato de Chávez se retiraron todas las estatuas de Colón del todo el país.

[4] Celis, S. (2020). La furia feminista como contra-pedagogía de la crueldad. Manuscrito aún no publicado.

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