El maquinista, o de cómo volverse loco en el taller de producción capitalista.

Llegas al taller. Te pones el mono que funge de uniforme y que te pica la entrepierna con esa tela de horrible calidad que siempre has odiado; una vez que te ves igual a tus compañeros de trabajo -porque la identidad es un derecho burgués- debes lavar tus manos como símbolo del inicio de la creación de algo “nuevo”;  luego, te pones las gafas, los guantes, las botas y, en general, cumples con los protocolos de seguridad que tus considerados y bien intencionados jefes estructuran para cuidar de tu integridad física. Ahora debes llegar a tu zona de trabajo, delimitada por una franja amarilla que te indica el espacio que no puedes rebasar, de lo contrario podrías interferir, contaminar o molestar el trabajo de tus compañeros. Una vez en tu puesto inicia tu jornada de trabajo (sin considerar que ya llevas de quince a treinta minutos en la empresa), subes la plancha apretando un botón verde, metes una lámina grande y pesada que se encuentra siempre a tu lado izquierdo mientras, al mismo tiempo, la máquina hace un ruido indicando que ya puedes bajar la plancha; bajas la plancha apretando el botón rojo parpadeante que indica peligro; en el intervalo que dura el procedimiento de compresión del acero, tienes que escuchar las motivantes groserías del capataz y los insultos de tus compañeros que sin ninguna educación sólo conocen esas vulgares palabras; subes la plancha con el botón verde, recoges la lámina, la colocas del lado derecho y listo. Ahora repite el procedimiento 100 veces en una jornada de ocho horas.

Esto es más o menos la labor de Trevor Reznik en el taller de producción capitalista del film El maquinista; sin embargo, es el proceso que miles de trabajadores tienen que soportar día con día para poder llevar a su casa el blanqueador que obsesivamente compra Reznik para poder lavarse las manos, es el proceso que deben de elaborar para poder pagar la renta, los servicios, los cafés y los pasteles de calabaza que todo buen Reznik atormentado necesita para hacer de su vida un flujo más llevadero.

Pero no es solamente un trabajo mal pagado, mecánico y peligroso. El único factor que llevó a Trevor a volverse loco fue toda una construcción de vida basada en el individualismo -que incluye la satisfacción de los deseos personales, la competencia con otros individuos en el mercado de trabajo y, desde luego, la orgullosa exaltación de la personalidad- la que orilló al personaje a dejar de dormir, a lavarse las manos con cloro y a desnutrirse para tratar de pagar sus culpas por medio del autocastigo. Y es que antes de ser la figura del segregado y despreciado paria social, de ser ese individuo en los huesos más parecido a un judío en un campo de concentración nazi, Trevor era un hombre exitoso que conducía un Mustang de lujo y se pavoneaba sin ningún remordimiento, de tal manera que sus condiciones materiales le habían condicionado una grave indiferencia ante la vida, rasgo que comparte con muchos personajes no sólo de películas, sino de la vida real.

            Sin embargo, la culpa no es una carga ligera ni imaginaria, sino una forma en la que el individuo se enfrenta a la realidad como tal, a las fuerzas sociales de un castigo por un crimen concreto, cuya materialidad se manifiesta en forma de alucinaciones -como el verdugo personal de Trevor o la familia a la que perjudicó-, que se agudizan aún más con una vida errante y con la división del trabajo como punta de lanza en el taller de producción capitalista que, a su vez, producen la división de la mente (esquizofrenia).

Pero no es suficiente el castigo personal o simbólico, Trevor -y cualquier otro criminal- saben, o deberían saber, que el castigo a un crimen debe ser un proceso de sometimiento a las normas sociales, la cárcel, como justicia social y culminación del castigo, es donde los verdaderos delincuentes deberían terminar.

Así que ya sabes, si quieres volverte loco como Trevor, deja de dormir y comer de manera regular por una semana, aléjate de la gente, mantente serio e indiferente, acuéstate con prostitutas y trabaja en un taller de producción capitalista. Pero, sobre todo, nunca olvides que lo más importante para arruinar tu vida, es arruinar la de otro ser humano.

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