El origen del patriarcado y el pecado original *

Por Katia Romero y Andrés Zamora 

Según los relatos bíblicos, Adán y Eva fueron expulsados del paraíso porque comieron el fruto prohibido por Dios. “Fue la mujer quien tentó al hombre a cometer el pecado original” y, por tanto, es ella la culpable de que toda la humanidad tenga como destino una vida de sufrimientos en el mundo terrenal. Dejando a un lado el significado religioso que cada quien desee otorgarle, creemos que el relato bíblico sirve como metáfora ilustre de un momento trascendental en la evolución de las sociedades humanas: el origen del patriarcado.

Si nuestra especie conoció alguna vez el paraíso, sin duda fue en la etapa conocida como “comunismo primitivo”, la cual abarca desde la aparición misma de Homo sapiens (hace 200 mil años, por lo menos) hasta los primeros despuntes de la civilización (entre 6,000 a.C y el 3,000 a.C, dependiendo del continente). Entonces, las sociedades no estaban divididas en clases y, por lo tanto, no era necesario el Estado. 

Esto significa que las antiguas sociedades eran profundamente comunitarias y no había espacio para ninguna forma de explotación, opresión o dominación, y significa también que por miles de años vivieron así. Por otra parte, la humanidad vivía en conexión profunda con la naturaleza, mediante un eficiente sistema de caza y recolección que permitía satisfacer sus necesidades sin perturbar el equilibrio del ecosistema. Esos pueblos eran nómadas, no existían fronteras, pues nadie era dueño de nada ni de nadie; en resumidas cuentas, no existía el concepto de propiedad privada.

Pero además, ese paraíso perdido, tenía una característica esencial que debe ser resaltada: estaba organizado y protegido por las mujeres. Ellas contaban con un gran reconocimiento social, pues, entre otras cosas, la economía comunitaria estaba basada en su conocimiento de las plantas alimenticias y medicinales. Un reflejo del gran respeto que las tribus tenían hacia la figura femenina era el lugar preponderante que ocupaban las DiosAs, a quienes adoraban y respetaban por sus atributos para dar, preservar y cuidar de la vida y la naturaleza (no sólo a la concepción-maternidad).

En cuanto a la economía familiar de caza-recolección, aunque hay evidencia de que las mujeres participaban en la cacería, lo cierto esque esta actividad se configuró con más fuerza dentro del universo masculino. La caza era una actividad vinculada al arte de la guerra y la muerte. En contraste, el uso de las plantas precisaba de cuidados especiales y se requería contar con un basto conocimiento para la recolección de granos y frutos, el cual estaba depositado en las mujeres. De acuerdo con Richard Leaky, la recolección representaba alrededor del 60-70% del sostén alimenticio y requería de mucho menor tiempo de trabajo que la caza, es decir, era mucho más eficiente. La caza, por el contrario, en realidad no aportaba un gran porcentaje a la dieta tribal, pero era una actividad tolerada por ofrecer esporádicamente una fuente extra de proteínas y otros insumos.

El aporte más poderoso de las mujeres ancestrales fue la ética con la que organizaron la sociedad. El principio fundamental de esa ética era la vida. Nada que atentase contra la vida y el buen vivir estaba permitido. En este marco, por ejemplo, la empatía y la generosidad de compartir eran conductas valiosísimas y fundamentales para la comunidad. Mientras que el egoísmo y la acumulación individual de la riqueza se consideraban fuente de todo mal. Esas conductas eran motivo de desprestigio e incluso de castigo. Esa ética de las mujeres permitió la cohesión de la comunidad originaria y nos posibilitó la vida digna por cientos de miles de años. 

De hecho, se puede sostener que la ética de las mujeres se encuentra en la base de la formación misma de la humanidad, pues las conductas comunitarias son las que desencadenaron la evolución de nuestra especie. La paleoantropología sugiere que nuestros parientes Homo de otras especies e incluso nuestros antepasados evolutivos  comunes, mostraban conductas similares. Simplemente los individuos no podían sobrevivir sin el cobijo de sus congéneres. Si existe algo como la “naturaleza humana” (en otro artículo podremos hablar de los mitos que rodean esa expresión) sin duda radica en lo comunitario. Y son las mujeres quienes sostienen la comunidad desde tiempos inmemoriales. 

Pero entonces ¿Qué pasó? ¿Cómo es que perdimos el paraíso y ahora vivimos en un infierno que amenaza nuestra vida a cada paso?

Siguiendo la metáfora bíblica, podemos ubicar un punto en el que la humanidad cometió el pecado original y lo perdió todo. Sólo que a diferencia de lo que nos han enseñado, no fue Eva la culpable, fue Adán. Es decir, fueron los hombres quienes decidieron apropiarse individualmente del trabajo de la tribu,hiriendo fatalmente a la comunidad. El pecado original fue la avaricia de los hombres por poseer y acumular riquezas. Para comer ese fruto prohibido por las DiosAs, era menester dominar a las protectoras de la vida y la sociedad: las mujeres. Fue así como emergió el patriarcado.

El patriarcado se convirtió en la primera ruptura de la sociedad comunitaria y en el origen de todas las contradicciones sociales que se siguen profundizando hasta hoy. A partir de entonces aparecen las clases sociales, el Estado, la esclavitud, la propiedad privada (incluso de lo todo lo que antes era considerado “sagrado”); el dinero se convirtió en el nuevo Dios y la acumulación de fortuna y propiedades el único objetivo de la vida. Algunos milenios después, el patriarcado tuvo como progenie bastarda al colonialismo y al capitalismo, con quienes se enreda en una danza perversa generando complejas formas de dominación, opresión, explotación y enajenación.

Con el patriarcado se deja atrás la sociedad comunitaria y se instala la sociedad civilizada, con todas las consecuencias arriba mencionadas. Es así que en la humanidad hay un antes y un después, que tiene como punto de quiebre el origen del patriarcado y la civilización. Al respecto existe un hecho asombroso, pues las sociedades matrifocales que transitaron a la civilización patriarcal lo hicieron prácticamente al mismo tiempo en todo el mundo ( entre el 6,000 a.C y el 3,000 a.C, periodo que da inicio al Neolítico). Algo sucedió en ese tiempo que, de manera independiente en muchas  culturas del mundo, posibilitó a un grupo minoritario de hombres someter a las portadoras ancestrales de la tradición comunal.

Una pieza clave para la explicación de este fenómeno lo da la geología, pues sabemos que tal asalto patriarcal sucede poco después del fin de la glaciación (en el 10,000 a.C).  Esto, en términos ecosistémicos significa que  los hielos se retiraron, abriendo paso a grandes praderas fértiles, propicias para el establecimiento de plantas de alto rendimiento energético (maíz, arroz, sorgo, trigo, papa), así  como climas más cálidos y húmedos que facilitaron su domesticación y cultivo masivo. De hecho, estas plantas formarán la base material-cultural de las primeras grandes civilizaciones; aunque fueron domesticadas mucho antes. En términos económicos, el fin de la glaciación repercutió directamente en el  aumento de la producción a través de la agricultura y el pastoreo de ganado. Fue así como la humanidad pudo obtener excedentes productivos no conocidos hasta entonces en el seno de la sociedad comunitaria. 

El procesamiento de esta nueva riqueza fue gestionado por las mujeres para beneficio social, pero rápidamente un sector minoritario de los hombres codiciaron el excedente para sí mismos. De acuerdo con Abdullah Öcalan, se conformó así una alianza masculina que incluyó a los hombres más viejos (sabios), a los chamanes (sacerdotes) y los cazadores (guerreros). Así, fue la fuerza bruta del hombre cazador-guerrero la que otorgó la ventaja al mundo patriarcal.

Enseguida, la alianza masculina (primer pacto patriarcal) formó un núcleo de poder que puso en marcha una estrategia para mermar la autoridad ancestral de la mujer. Fue una guerra que no se ganó en las primeras batallas y, dependiendo del lugar, el patriarcado tuvo diferentes gradientes de consolidación a lo largo del tiempo. Es por ello que en algunas civilizaciones, como las de la región Mesoamericana, si bien ya presentaban Estados y división de clases, tenían un componente comunitario poderoso que, aunque debilitado, seguía y sigue presente a pesar de la colonización. 

De acuerdo con Silvia Federici, en Europa, la consolidación del patriarcado se dio entre el siglo XV y XVI, después de que la naciente burguesía se lanzó contra la autonomía reproductiva de las mujeres para incrementar la fuerza de trabajo. La embestida se dirigía contra el cuerpo de las mujeres para ejercer un control poblacional, pero también y sobre todo, para desarticular las resistencias comunitarias de campesinos y “herejes”. Este proceso necesitó de una violencia extrema contra la mujer, llegando al punto de legalizar la violaciones sexuales (incluso públicas y tumultuarias) y a la quema de “brujas” como práctica cotidiana, en donde la Santa Inquisición, con su brutalidad característica, jugó un papel clave. Con la destrucción de las comunidades campesinas y la caza de brujas, que corrieron a la par de la colonización y saqueo de los pueblos originarios de América, se conforma el proceso de acumulación que permitió darle vida al capitalismo. Por eso decimos que el patriarcado es el padre pútrido del capitalismo. 

Volviendo a donde estábamos. Uno de los primeros avances de la alianza patriarcal, fue la imposición de una autoridad jerárquica masculina (no convertida aún en Estado) que se rebeló ante el mundo femenino. Desde esa posición, se dio una batalla de tipo ideológico que se basó en la recomposición de la narrativa mitológica, en donde el poder de las DiosAs quedaba reducido o eliminado, mientras que los Dioses masculinos adquirían mayor rango. Más tarde, la DiosAs serían completamente destruidas para dar paso a un único Dios todo poderoso, a imagen y semejanza del hombre. 

Otro cambio importante se dio en la estructura de la comunidad. Hasta entonces, de acuerdo con Engels, la sociedad estaba organizada en gens: una comunidad conformada por un grupos mujeres que mantenían matrimonio colectivo con un grupo de hombres provenientes de otra línea materna. En la gens, naturalmente se sabía quién era la madre de la descendencia, más no el padre. Así que las relaciones de parentesco se establecían por línea materna y los beneficios filiales se conferían entonces por derecho materno. Como sea, los niños eran cuidados por la comunidad entera y no sólo por su madre. 

De esta manera, la gens formaba la unidad social fundamental que configuraba toda la estructura comunitaria. Un grupo de gens formaba una tribu y el conjunto de tribus se organizaba en una confederación, que pasaba a ser la estructura política más amplia de esa nación. 

Con el avance del patriarcado, los hombres eliminaron el derecho materno, estableciendo las relaciones filiales (y de herencia) por línea paterna. Aunado a esto, a la mujer se le restringe el contacto sexual a un sólo hombre, para asegurar la descendencia paterna. Se funda así la familia monogámica (que en un principio era solamente una propiedad más del patriarca) como nueva célula social que reemplaza a la comunidad de la gens. 

La sociedad comunitaria resistió asombrosamente todos estos embates, pero pronto perdió una batalla decisiva: el dominio de la economía. La recolección, uso, cultivo y domesticación de las plantas era una tecnología femenina. Aunque ellas conocían los cultivos agrícolas desde antes del surgimiento de la civilización, su conocimiento fue objeto de disputa hasta el fin de la glaciación con el surgimiento del patriarcado. Los hombres le arrancaron por la fuerza  ese conocimiento a las mujeres para garantizar la acumulación. La fuerza de trabajo para sostener las nuevas capacidades productivas fue obtenida de la esclavitud de otros pueblos, inaugurando una era de guerras y saqueo sin fin.

Las necesidades de la agricultura y el pastoreo transformaron a los nómadas en sedentarios. El exceso de productos favoreció el crecimiento de la población, pero también el intercambio de bienes, conformando así la economía de mercado con el posterior uso del dinero. La sociedad producía para el intercambio, ya no para satisfacer las necesidades de la población, es decir, el valor de cambio se impuso sobre el valor de uso. Pronto las cosas se apoderaron de las personas. 

En toda esta transición tan intensa, el patriarcado ganaba terreno sobre la sociedad comunal a una gran velocidad. A pesar de ello, las tradiciones de la mujer seguían manteniendo una influencia significativa en el conjunto social. Esta condición de doble poder le presentaba a los hombres civilizados dos alternativas: regresar a la antigua sociedad o consolidar definitivamente su dominio. Finalmente, el patriarcado instaló su dominio mediante la fuerza. Sobre el cuerpo mutilado de la comunidad (y también de la mujer) ellos fundaron el Estado. No sólo las mujeres se verían dominadas a partir de entonces; también las infancias y los hombres sin riquezas.

Notas finales 

El “pecado original” se trató entonces de la acumulación de riquezas de manera individual y fue cometido por un sector minoritario de los hombres, quienes cayeron ante la tentación de la avaricia y el egoísmo. Ese demonio, seguramente, siempre estuvo al asecho en algunos individuos a lo largo de los tiempos, pero no tenía medios materiales para fortalecerse, por lo que era ahuyentado por la ética de la comunidad y la figura de las DiosAs como sostén ideológico. Esto nos permite descartar la idea de que los hombres “son malvados por naturaleza y nunca podrán cambiar”, pues demostraron ser capaces de vivir en armonía y comunidad por cientos de miles de años. Como sea, las consecuencia fue perder el paraíso de la sociedad comunal. 

Sin embargo, los principios de la vida, de la empatía y la generosidad forman una tradición ética que las mujeres sembraron en lo profundo de la humanidad. La modernidad no ha logrado matar esa semilla. Y como en los tiempos antiguos, serán las mujeres quienes la cultiven nuevamente. Ahí radica la esperanza y por eso siguen siendo perseguidas. Ellas son las fundadoras de la sociedad comunal y las depositarias históricas de la revolución más profunda. La liberación de las mujeres es la liberación de la sociedad, es liberar la vida. 

Por eso, a cada paso que demos en las batallas actuales, por pequeño que sea, la liberación de las mujeres debe ser la estrella que nos guía como principio político, pues ir contra el patriarcado es ir a la raíz del problema. 

Bibliografía:

Abdullah Öcalan. Liberando la vida: la revolución de las mujeres.

Federich Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. 

Richard Leakey. La formación de la humanidad.

Silvia Federicci. El Calibán y la Bruja.

*Se trata de apuntes para un cuadernillo en el cual desarrollaremos más profundamente el tema. Será un material destinado a la educación popular en los lugares donde hacemos trabajo territorial.

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