Elecciones 2021 y el oportunismo partidista. La derecha… ¿feminista?

Observando el proceso electoral que recién culminó en México, ha sido notable que un sector de compañeras que se reivindican feministas no sólo atacan continuamente a la 4T llamando a no votar por Morena, bajo consignas como “mujer que se respeta no vota por Morena” sino que hay incluso quien defiende proyectos de la derecha partidista (PAN, PRI). Si bien el movimiento feminista tiene buenas razones para no simpatizar con la 4T por la muy deficiente y poco crítica respuesta que ha tenido con respecto al tema de la violencia a las mujeres y a las protestas feministas de los últimos dos años, esta postura de defensa de la derecha, desde el movimiento social y como militante de la izquierda organizada, me parece muy preocupante. La razón de mi preocupación es que denota por lo menos tres cosas: 1) una falta de claridad de cuáles son las reivindicaciones de la derecha en general, y de la derecha institucional-partidista en particular, de éste país; 2) el desconocimiento de las formas de operar de los grupos de derecha, específicamente de cómo tienden a utilizar e infiltrar el movimiento social para su propio beneficio y; 3) un balance incorrecto de las condiciones de lucha que ha traído en general la llegada de la izquierda al gobierno federal. A todo ello, pienso que cabe hacerse la siguiente pregunta como hilo conductor del presente texto: ¿existe el feminismo de derecha?

Las luchas por los derechos de las mujeres a lo largo de la historia, si bien han sido cruentas, llenas de valentía y de contradicciones, también en ocasiones han sido utilizadas de manera oportunista por fuerzas conservadoras para su propio beneficio. Y no es de extrañarse, pues la lucha de las mujeres suele ser transgresora y poderosa. Es así como grupos de lo más viles, cuyo interés en el bienestar del pueblo es nulo, pretenden colgarse de la fuerza política que representa el movimiento feminista para empujar sus propios intereses o golpear a quienes les estorban.

En la historia de Estados Unidos podemos encontrar un claro ejemplo de ello cuando, después de la Guerra Civil que trajo consigo la abolición de la esclavitud, la población negra seguía siendo objeto agresiones y constantes muestras de racismo que ponían en riesgo su supervivencia misma. Por esta razón es que la lucha que siguió a los años de guerra se centró en la conquista del voto para los hombres negros, pues se pensaba que esa sería una forma de proteger su integridad o de mermar el clima de violencia que se vivía. Sin embargo, a la par, se encontraba en todo su apogeo la lucha por el voto femenino, impulsado por mujeres blancas. Ello provocó un clima de polarización que dio pie a que tanto los republicanos como los demócratas buscaran hacerse de adeptos para ganar las elecciones.

Por un lado, los republicanos enarbolaron la bandera del sufragio masculino para los varones negros con la sola intención de ganar el voto masivo de éste sector en las elecciones, aprovechando el caos en el que había quedado el sur del país. Por el otro, los demócratas impulsaron el voto femenino, pero no porque reivindicaran de manera auténtica el derecho de las mujeres a votar, sino por un lado, para oponerse a que cualquier persona negra adquiriera derechos políticos, y por el otro, para que al echar atrás la iniciativa republicana, se quedaran sin toda esa masa popular a la que le habían apostado obtener su voto.

Antes de la Guerra Civil, las mujeres luchaban por encontrar espacios de participación activa dentro del movimiento antiesclavista, pues hasta ese momento se les excluía de toda actividad política, y si alguna de ellas se atrevía y lograba tomar la palabra, se le ignoraba o atacaba. Es así como el movimiento negro (anti esclavista) comenzó a cobijarlas e impulsarlas en la lucha por el sufragio femenino. Sin embargo, se trató de un movimiento mayoritariamente compuesto de mujeres blancas de clase media que no supo ampliarse e integrar las reivindicaciones de las mujeres obreras y negras. Y a pesar de que había varias destacadas mujeres negras dentro del movimiento, éstas tenían que lidiar con el racismo de la mayoría y atenerse al planteamiento de las demandas a partir del criterio de las mujeres de clase media, excluyendo la voz de las mujeres trabajadoras o negras, y, por ende, ignorando por completo el piso de opresión al que ellas se encontraban sometidas. Esto es una pena si además pensamos que para ese entonces las mujeres trabajadoras lideraban el movimiento proletario en general y fueron además quienes mucho antes dieron los primeros pasos para dar la lucha por la emancipación de las mujeres, la cual, ahora estaba siendo completamente ignorada.

Así, las representantes del movimiento por los derechos de las mujeres del periodo posterior a la guerra tendían a considerar el voto femenino como un fin en sí mismo y a costa de quien fuera. La intromisión de grupos racistas influyó en que la reivindicación del voto femenino se montara en una lamentable campaña de racismo, en vez de luchar juntas y juntos, como antes, lo que suponía asumir una postura desde las y los oprimidos. A partir de 1866 parecía que cualquiera que favoreciera la causa del sufragio femenino, por muy racistas que fueran sus motivaciones, era un recluta muy valioso para la campaña de las mujeres. Ni siquiera Susan B. Anthony, brillante y destacada luchadora feminista y antiesclavista, detectaba contradicción aparente en que un congresista que admitía ser supremacista blanco defendiera el sufragio femenino:

“[…] Anthony elogiaba públicamente al congresista James Brooks, antiguo editor de un periódico proesclavista (New York Express). Aunque su apoyo al sufragio femenino era claramente un movimiento táctico para contrarrestar el amparo republicano al sufragio negro, Susan B. Anthony y sus colegas elogiaron calurosamente a Brooks.”[1]

El Partido Demócrata, que detentaba la representación de los intereses de la antigua clase esclavista, pretendía evitar que se le concediera el voto a la población masculina negra del sur. Así pues, muchos líderes de este partido defendían el sufragio femenino con la intención deliberada de atacar a sus opositores republicanos. La conveniencia se convirtió en una consigna para estos demócratas, cuya preocupación por la igualdad de las mujeres estaba imbuida de la misma falta de honestidad que el apoyo que declaraban los republicanos al sufragio de los hombres negros.

En este pasaje histórico, las reivindicaciones conservadoras se montaron con éxito en la lucha de las mujeres, teniendo como consecuencia su fragmentación al interior, así como el rompimiento de su poderosa alianza con el sector afrodescendiente (reflejada en la disolución de la Asociación por la Igualdad de Derechos y en su lugar la creación de la Asociación Americana por el Sufragio Femenino) que había apoyado fervientemente la causa feminista. En ese entonces, el movimiento de mujeres no fue capaz de reconocerse como parte de una lucha más amplia por la liberación de quienes son oprimidos por razones de género, raza o clase, sino que se aliaron con varios sectores de la clase opresora quienes de manera oportunista utilizaron al movimiento feminista para debilitar a sus enemigos electorales. Las mujeres blancas montaron además su lucha por el sufragio en una lamentable campaña de racismo, basada en la idea de que al ser liberados, los negros habían obtenido igualdad social con respecto a las mujeres blancas, por lo que, el obtener el voto implicaría ser “superiores” a ellas, y eso era algo que “no podían permitir”.

Sin embargo, no podían estar más erradas, pues era claro que los hombres negros no eran iguales a ellas: ellos corrían riesgo de muerte, eran violentados, sobajados e incluso asesinados o linchados a plena luz del día (al igual, por supuesto que sus compañeras mujeres negras).

Así pues, no es de extrañarse que la clase política sea capaz de enarbolar cualquier bandera con tal de favorecer su base de electores así como de poner a pelear entre sí a sectores oprimidos. En este sentido, en su libro “Mujeres, raza, clase” Angela Davis nos da importantes lecciones de la historia para evitar, como movimiento feminista, que se logren infiltrar fuerzas conservadoras e incluso fascistas que deslegitimen, desvíen y fraccionen al movimiento. Además, nos muestra cómo la influencia del pensamiento conservador puede llevar al movimiento a olvidarse del sustrato de raza y clase del que debe ir acompañada toda lucha feminista y de ésta manera no perder el piso ni el rumbo, ni pisotear a otros sectores oprimidos a costa de alcanzar nuestras reivindicaciones.

Por ello, hoy en día se vuelve una tarea indispensable para el movimiento feminista mexicano desmarcarse de personajes y grupos detestables e indignos (por decir lo menos) tales como el PRI o el PAN, que pretenden colgarse de la fuerza y de la rabia feminista para defender sus propios intereses: atacar al gobierno de la 4T. El movimiento feminista se pronuncia fuerte y claro por el derecho a las mujeres a una vida libre de violencia, pero también por el derecho a decidir sobre sus cuerpos y a ejercer de manera libre su sexualidad. Nunca pretendiendo defender uno de éstos derechos a condición de pisotear o limitar otros tantos, como hace de manera hipócrita el PAN, al “defender” la causa feminista pero encabezando la corriente mal llamada Pro-vida, que pretende arrancarle a la mujer el derecho a decidir sobre su cuerpo y así condenar a las mujeres marginadas y de bajos recursos a poner en riesgo sus vidas por prácticas de aborto clandestino o incluso tener que cumplir una sentencia en la cárcel. Esta corriente conservadora no tiene ningún interés en ofrecerle una vida digna a los niños en situación de orfandad o de calle, lo que se esperaría fuese congruente con su discurso, sino que por un lado, insisten furiosamente en que los embarazos no deseados o forzados prosperen y después, miran con el mismo desprecio de siempre a esxs niñxs o adolescentes en situación de calle, viviendo en condiciones de miseria o en entornos violentos debido a la falta de recursos y oportunidades. La hipocresía de la derecha en todo su apogeo.

La lucha de las mujeres es en sí misma una lucha por la vida en todas sus expresiones: luchamos por la dignidad, por una vida más humana y fraterna, por que no se nos mercantilice ni cosifique, por que nuestro valor se mida en escala de humanidad, por que aprendamos a vivir en armonía con nuestro entorno y con todos los seres que habitan el planeta. Luchamos para criar niños que al crecer sean adultos funcionales, en igualdad y respeto por el otro y la otra. Por criar niñas libres, fuertes y dignas.

El capitalismo, de la mano del patriarcado, nos ha vuelto mujeres oprimidas por razones de género, de clase y de raza. El neoliberalismo ha profundizado las condiciones de violencia en las que vivimos en México, el Estado de terror y el narco-Estado. Pero también con ello nos ha deshumanizado, ha pretendido que codifiquemos la violencia como parte de nuestras vidas cotidianas, como algo normal. Ha pretendido que el individuo y sus intereses estén por encima del interés colectivo, nos ha hecho pensar que no importa cuánta gente tenga que sacrificar su bienestar con tal de que yo consiga mi propio bienestar o el de mi familia. Sin embargo, los seres humanos somos seres sociales y es a través de la organización colectiva como podemos alcanzar el bienestar común.

Es por todo lo anterior que el feminismo no puede convivir con posturas de derecha, que defienden al capitalismo neoliberal a capa y espada, que pretenden que unos cuantos privilegiados sigan concentrando los recursos y el monopolio de tener acceso a la justicia, al trato digno, a una vida libre de violencia, al ejercicio de los derechos políticos. El feminismo no defiende estas perspectivas porque éstas no buscan en realidad la liberación de la mujer de manera profunda. No buscan liberarla de las prácticas machistas que le impiden competir en el mercado laboral a la par de los hombres; no reconocen las 2 o 3 jornadas laborales a las que estamos sometidas las mujeres por el cuidado de lxs hijxs y el quehacer en casa. Ellos no buscan que las mujeres ocupemos un lugar en la esfera pública, no buscan mecanismos que obliguen a los padres a hacerse cargo de sus hijxs y a castigar a quien no lo haga. No buscan evitar que mujeres mueran en abortos clandestinos ni apoyar a madres solteras o acompañar a niñas violadas por sus familiares. No buscan dotar a las mujeres de prestaciones que les permitan vivir un embarazo digno y remunerado así como los primeros meses de crianza. Mucho menos están pensando en crear una estrategia que prevenga la violencia, que nos ofrezca a las mujeres lugares seguros donde nos sintamos cobijadas al ser amenazadas por nuestros cónyuges ni tampoco el ofrecer justicia a las víctimas, o al menos la garantía de que tendrán un proceso justo, en donde no se les revictimice, donde no sea culpa de nosotras que nos violen o nos asesinen. La derecha no piensa tampoco en proteger a lxs niñxs que quedan huérfanos porque sus madres fueron asesinadas por la pandémica violencia feminicida que vivimos. Y aunque es verdad que son capaces de apropiarse incluso de las causas que acabamos de mencionar, lo hacen de manera oportunista y bajo intereses propios. La derecha nunca llevará la liberación de las mujeres a sus últimas consecuencias porque, si es que llega a defender dichas causas, lo hace de manera oportunista, sin comprender su densidad histórica y social ni buscar un compromiso profundo con su materialización.

La derecha institucional y partidista, sostiene de manera sistemática un pacto patriarcal que ha puesto las condiciones de la terrible realidad que vivimos las mujeres mexicanas ahora: 11 feminicidios al día, 41 mujeres y niñas violadas al día y miles de casos de abuso y acoso sexual que quedan en la impunidad y el silencio que ofrecen las instituciones estatales, aliadas inquebrantables del sistema patriarcal. Por eso es que por más que la derecha diga y repita que apoya al feminismo, se trata de un discurso estéril, vacío y oportunista. La derecha hoy busca montarse en la fuerza del movimiento feminista para servir a sus propios intereses y golpear al gobierno de la 4T, señalándolo como culpable único de una realidad de terror que 36 años de neoliberalismo trajeron como consecuencia.

Amiga feminista, el feminismo NO puede ser derecha, como feministas no podemos decirnos comprometidas con la lucha de las mujeres y al mismo tiempo defender proyectos de muerte, de despojo y de ambición individual. Que además, defienden la criminalización del aborto, la homofobia y niegan el derecho de las parejas homosexuales a estar juntxs y ejercer su crianza. Por otro lado, es verdad que la 4T no ha sabido llevar un manejo sensible ante las demandas y reivindicaciones del movimiento feminista y más aún, Morena decidió incluso sostener la candidatura de Salgado Macedonio, acusado de ejercer abuso y violación sexual. Pero no tendría ningún sentido llamar a AMLO y su partido a romper el pacto patriarcal que han decidido sostener si no hubiese condiciones para hacerlo, pues no es lo mismo lidiar con el pacto patriarcal de un partido que lucha por derrumbar las aristas neoliberales que más daño causan al pueblo, que con quienes lo encarnan. Se nos olvida que es justo la llegada de la izquierda al poder la que nos ha permitido tener un piso democrático mínimo para poder salir a las calles y hacerlas nuestras sin el temor a que se nos vaya la vida en ello. Debemos sostener un aparato crítico e impulsar nuestras demandas con el gobierno federal de la 4T, sin duda, pero pretender “castigarlo” en las urnas, como si fuese el único responsable de la violencia machista que vivimos, me parece un error. Lo es más aún caer en las garras de la derecha oportunista, que como el PRI y el PAN, utilizan nuestra fuerza para golpear a su principal enemigo electoral, quien lucha por impedir que ellos sigan robando, saqueando y sumiendo en la violencia y la pobreza al país: AMLO y la 4T.  

Golpear a la 4T bajo los cauces oportunistas que la oposición de derecha nos marca, permitirle colgarse de nuestro movimiento o cederle nuestra simpatía a la derecha sería como dispararnos en el pie, implicaría abrirle de nuevo las puertas al Estado de terror en el que estuvo instalado el neoliberalismo durante los 36 años de su apogeo. Ojo aquí porque esto incluiría cancelar el piso democrático que la 4T ha instalado y que nos ha permitido manifestarnos con más fuerza que nunca, pelear sentidos comunes y ganar algunas conquistas; sería condenarnos a volver al silencio y la despiadada represión. No sobra mencionar que ese piso democrático existe gracias a la lucha popular, de trabajadores, a los movimientos socio-territoriales y el hartazgo generalizado de 30 millones de votantes que llevaron a AMLO a la presidencia. Y que aún con todas sus fallas, debemos reconocer que se trata del gobierno con más mujeres en altos cargos de la historia del país, que se ha declarado alerta de género en decenas de municipios del país, se han abierto más casas refugio que nunca y tras estos dos últimos años de intensa lucha feminista es que hemos logrado la aprobación de la Ley Olimpia a nivel federal, la Ley Ingrid, el protocolo de atención a hijxs de mujeres víctimas de feminicidio, entre otras.

Si olvidamos esto dentro del movimiento feminista, estamos condenadas al avance de una lucha sin perspectiva de clase, sin un sustrato popular y aislado de la gran diversidad étnica y socio cultural bajo la cual sufren de manera distinta la violencia las mujeres de éste país. Si nos olvidamos de ello y nos acotamos a una lucha meramente de género, sin importar que nos apoyen o apoyemos a criminales o fascistas, entonces corremos el peligro de que el día de mañana, cuando ellxs vuelvan al poder, vuelvan a operar su política machista, asesina, corrupta y omisa de siempre. Y entonces sí, se acabó el piso democrático.

Sin duda hay mucho por hacer, ningún partido puede encabezar la lucha de las mujeres, somos nosotras mismas, es la lucha de las mujeres como movimiento social quien debe llevar adelante la liberación de las mujeres hasta sus últimas consecuencias. Debemos seguir pugnando por que las instituciones federales actuales sean más empáticas, por que modifiquen su respuesta ante la violencia atroz a la que nos enfrentamos las mujeres, por que rompan el pacto patriarcal, pero al mismo tiempo tener bien claro que si la derecha vuelve al poder, esas posibilidades de hacernos escuchar y de cambiar el sentido común de la población, se van a esfumar. En su lugar, tendremos condiciones de represión y criminalización brutal de la protesta feminista, como ya hemos visto en Jalisco, Guanajuato o Quintana Roo, donde los gobiernos locales de derecha no les tiembla la mano a la hora de dispararnos, de violar nuestros derechos de manera sistemática, de levantarnos, torturarnos física y sexualmente y encarcelarnos.

La lucha feminista tiene la tarea histórica de liberar a las mujeres de las relaciones de dominación a la que estamos sometidas desde hace tanto tiempo, de despatriarcalizar a la sociedad peleando por sentidos comunes más humanos, que pugnen por la vida. Las mujeres somos el pilar de las familias y de la comunidad, y sólo un movimiento fuerte, cohesionado y con la voluntad de disputar el Estado será capaz de llevar la causa feminista hasta sus últimas consecuencias, con una perspectiva de clase y raza. Si las mujeres somos capaces de vivir una vida libre de violencia y de liberarnos de la opresión patriarcal, tenemos el potencial de reconstruir el tejido social, de forjar lazos fraternos y de reconstruir la armonía colectiva con base en la pedagogía del cariño y en búsqueda del bienestar común.


[1] Davis, Angela.  Mujeres, raza, clase. Ed. Akal, p. 86.

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