¿Es hegemónico el neoliberalismo? Aproximaciones al concepto de hegemonía negativa

En textos anteriores hemos abordado el problema de la hegemonía. Como hemos visto, hegemonía no es sinónimo de engaño o de concesiones por parte de las clases dominantes. Tampoco tiene un significado meramente cultural o antieconómico. El concepto de hegemonía implica que entre las clases y la nación no hay un discontinuo externo: no hay clases fuera de la nación, ni nación fuera de las clases. La dominación clasística es una dominación nacional, o sea, política. Lo nacional no es un recipiente vacío o invento de las clases dominantes, sino un grosor de luchas históricas o memoria en el marco de la dominación estructural. En verdad, esta indicación aparece como proyección sustancial desde el propio Marx, en un texto extremadamente olvidado por los marxistas:

La cumbre de la identidad hegeliana fue, como él mismo confiesa, la Edad Media. En ella los estamentos de la sociedad burguesa eran idénticos con los estamentos en sentido político. El espíritu de la Edad Media puede ser formulado en los siguientes términos: los estamentos de la sociedad burguesa y los estamentos en sentido político eran idénticos, porque la sociedad burguesa era la sociedad política, porque el principio orgánico de la sociedad burguesa era el principio del Estado. Sólo que Hegel parte de la separación entre la «sociedad burguesa» y el «Estado político» como dos ámbitos firmemente opuestos, realmente distintos; una separación, que ciertamente es real en el Estado moderno.1

En otras palabras la dominación moderna no es directamente clasística, sino que presenta una mediación fundamental: la separación que ciertamente es real en el Estado moderno (en cuanto que la escisión es su forma de unidad) entre los intereses burgueses y la forma política moderna como referencia al Estado. Más adelante, cuando el capitalismo se vuelve organizado, es decir, imperialista, la teoría de Gramsci se convierte en la teoría del Estado de la fase imperialista del capitalismo, y por eso la referencia se hace al núcleo de aquel hecho histórico que todavía era bastante conflictivo para Marx, aunque más claro para Lenin y Gramsci: la cuestión nacional. Decir que el Estado es una máquina de dominación de una clase por otra, es como decir que toda represión es fascista; o sea, puede funcionar al nivel de las consignas, la movilización y la orientación general. Claro que donde hay clases hay dictadura. La dominación burguesa es una forma de dictadura, y la revolución socialista será otra forma de dictadura. Sólo donde no hay más necesidad de dictadura, tampoco habrá necesidad del Estado. Sin embargo, no debemos confundir el carácter del Estado con su forma de manifestarse. La teoría de Marx no es una teoría de las esencias, sino una teoría de las esencias y las manifestaciones, o sea, una interpretación e intervención sobre la historia. No hay formas puras, y tampoco manifestaciones puras. Unidad teoría-práctica es otra forma de decir unidad de los momentos y las estructuras. De esta manera, si las clases subalternas se organizan de alguna manera explotando los momentos o manifestaciones de la clase opresora, entonces el desconocimiento de estos momentos se traduce en el desaprovechamiento de los elementos para distinguir su propia auto-organización.

Ahora bien, una vez que hemos aclarado que el concepto de hegemonía refiere a la región de lo político, debemos exaltar también su papel en la articulación cognitiva para la comprensión del mundo o inteligibilidad socio-natural de la vida humana. Lo importante es que tal proceso de cognición se configura de acuerdo a una estructura ideológicamente armada en el proceso de constitución de una cultura política que pretende ser hegemónica. La dominación, en primer lugar, avanza sobre la destrucción de las condiciones materiales que posibilitarían a los sujetos el conocimiento de sí mismos a través de su relación con los otros en el marco de un conjunto de socializaciones más allá de la ley del valor. En segundo lugar, socializa piezas que incorporan la subordinación y la jerarquía en la constitución de esos sujetos. La dominación material general se contornea con un borde “inmaterial” de subalternidad.

La pregunta frente a esto es simple: ¿es hegemónico el neoliberalismo?

Como sabemos, hasta antes del proyecto neoliberal, el Estado incluía evidentemente la presencia material del campo popular. Esa presencia no fue un simple engaño, concesión o referencia cultural, sino resultado de la propia lucha de clases. No se puede hablar de hegemonía sin lucha de clases. Pero el proyecto neoliberal, lejos de adelgazar el Estado, proyectaba la eliminación de la presencia popular en el Estado. No sólo no adelgazó el Estado, sino que lo engordó, más burocrático, más interventor y represivo: el Estado continuó estando en primer lugar. Así, por ejemplo, se equivoca Massimo Modonesi al decir que “es indiscutible que, con diferente intensidad, los gobiernos progresistas latinoamericanos, a contrapelo de los postulados neoliberales, volvieron a colocar al Estado -y las políticas públicas que de él emanan- como instrumento central de intervención en lo económico.2 La intervención económica y social siempre la llevó adelante el Estado neoliberal en nombre de la represión. No hubo una guerra contra el Estado, sino contra los trabajadores y sus inscripciones nacionales.

En Latinoamérica no puede entenderse al neoliberalismo sin el terror de Estado. Esto es una historia que debe ser bastante conocida. Pero entonces, ¿será que el neoliberalismo implica la dirección política, intelectual y moral de una sociedad? Hegemonía significa producción y reproducción del poder político en el marco de la creación de una comunidad históricamente determinada; sin embargo, la referencia de las clases dominantes a la nación, en el marco del neoliberalismo, se realiza principalmente por el Estado (su lugar organizativo), mientras que la referencia a la nación de las clases subalternas se realiza en sus propias luchas (el lugar de su memoria). Esto es un indicio de lucha del Estado contra el resto de la sociedad, o sea, un síntoma de la crisis. Si existe crisis, no puede existir hegemonía. El neoliberalismo vencería si antes nos convierte a todos en monstruos. Pero seguimos luchando contra esa transustanciación.

No obstante, tal vez la represión con la que opera el neoliberalismo no es una simple muestra desnuda de la correlación de fuerzas, sino que implica un horizonte de referencias mediante el que se estructura como rezago una representación sustitutiva del mundo cuyas fronteras constriñen al campo de lo posible. Porque un acto con profundidad autoritaria genera creencias. Tal es el sentido de la hegemonía negativa. Hasta donde sabemos el concepto puede rastrearse desde Norbert Lechner.3 Sin embargo, René Zavaleta es quien lo desarrolla:

El modelo distingue entre el pequeño terror y el gran terror. Mientras que el primero suele ser el soporte de la contestación, el segundo contiene una representación del mundo, o más bien una representación sustitutiva del mundo. El modelo propone la generalización del terror como un movimiento de reconstitución ideológica, o sea que la función de lo represivo no se dirige a la entidad verificable del resistente, sino a la reconstrucción del horizonte de referencias. Es lo que se llama la erección de una hegemonía negativa.4

Si la represión no se dirige a una “entidad verificable del resistente”, es porque no se produce la cuantificación probable en la estructuración de los órganos y soportes de Estado como correlato de la democratización social del capitalismo y la democracia representativa. Sólo hay inserción del cálculo o verificabilidad si emerge la universalidad del mercado en el universo de lo político. Mercado interno + democracia representativa = verificación nacional. Si el poder no puede verificar, entonces es ciego, o sea, como dice Hegel en la Filosofía del derecho:La expresión de que Dios, a quien da un cargo, da también el entendimiento, es una vieja broma que no se puede tomar en serio en nuestros tiempos.” Se puede dominar sin conocer, pero no se puede ser hegemónico sin conocer. Siguiendo este núcleo zavaletiano, podríamos decir que la hegemonía negativa genera la disponibilidad, como momento del ánimo general en el que se produce una suerte de vacancia o gratuidad ideología, y la anuencia a un relevo de creencias y lealtades, lo cual es sin duda un momento sociológico excepcional. Pero disponibilidad no implica autodeterminación; la historia ofrece muchos ejemplos de instancias de disponibilidad sin capacidad de autodeterminación.

La hegemonía negativa o disponibilidad del terror no implica sólo el miedo frente a la amenaza de la integridad física o económica. En realidad, estos miedos son la punta de una angustia excepcional. A diferencia del miedo, la angustia no tiene siempre un objeto empírico. Esta disponibilidad agudiza fuertemente la demanda de seguridad por medio de “la mano dura”. Se teme más a la delincuencia y a las drogas, pero casi no al desempleo o la represión. El deseo a la represión puede ser más verificable en estos casos, pues objetiva en estas prácticas el horror, lo proyecta sobre las minorías y confiesa su fe no en la hegemonía, sino en el orden. De esta manera la mecánica del autoritarismo funciona porque es fuente y objeto del propio terror. Este círculo es el que impide justamente que el individuo pueda verificar su subjetividad y el sentido de la realidad. Se diluyen los límites entre lo real y lo fantástico, lo deseado y lo posible. Se diluye la crítica y surge el narcisismo.

La hegemonía negativa es la inercia sombría del recuerdo del poder del Estado. De hecho existen muchos grados de hegemonía negativa; algunos son muy sutiles, como la privatización de la palabra o la desesperación subjetiva. Enfrentar estos temores implicaría reconocer la contingencia irracional del orden existente, o sea, conocer el vacío ilegítimo de la represión, con la finalidad de activar el imaginario colectivo de la solidaridad militante. Esto sería como salir de la caverna platónica. Pero las cosas no son tan fáciles. El mundo está lleno de obstáculos para desviar la experiencia crítica dolorosa: el cosumismo acrítico, el aspiracionismo clasemediero o el egoísmo simple ante la autoridad del precio. ¿Se puede renunciar al autoritarismo sin renunciar a estos tres fetiches?

Referencias:

1 Marx Karl, Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel.

2 Modonesi Massimo, El progresismo Latinoamericano: un debate de época.

3 Lechner Norbert, Poder y orden: la estrategia de la minoría consistente.

4 Zavaleta René, Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial.


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