Homo pandemus

Por: Ricardo Gutiérrez González

Todos los mecanismos de defensa activados: autorepresión, olvido, rechazo, negación, desplazamiento, comportamientos desencadenadas como formas reaccionarias ante el encierro y la precariedad. Vulnerado por todos lados, el sujeto pandémico tiene que sufrir, reparar y defenderse de los efectos de las omisiones del Estado que se le presentan como ataques sistemáticos directamente en el cuerpo y en la mente, con la atenuante vivencia diferenciada marcada por una u otra comodidad como bien de consumo.

La aspiración controladora de la vida y el entorno social bajo la idea del trabajo duro promovido por el sujeto neoliberal y que llega a los estratos más pauperizados está lejos de realizarse. Con el virus, pocos pueden hacerse cargo de su propia vida, incapaz de elaborar su realidad, la pandemia le ha negado el acceso al sujeto de pensar más allá de su inmediatez: llevar cubrebocas, tomar sana distancia, ponerse gel antibacterial, revisar su temperatura, lavarse las manos, repetir, la mente se mantiene ocupada tratando de poner a salvo al cuerpo en un aquí y ahora alargado, prolongado, en una inmediatez constante. 

Las relaciones sociales del sujeto pandémico son infecciosas, el contacto entre sujetos es extremadamente planificado, pero esto incluso antes de la pandemia, donde pequeñas burguesías, proletarios y sectores vulnerables eran excluyentes entre sí, injustificadamente. Sólo el contacto con las mercancías es permitido, vivimos un verdadero vinculo interfetichista con ellas, son nuestro asidero existencial. Ahora, el sujeto menos peligroso y más vulnerable, es un probable terrorista biológico del que debemos desconfiar.

El avance de la pandemia, que implica una probable infección generalizada, después de activar los mecanismos de defensa del sujeto, los anulará, abriendo paso a las expresiones más descarnadas de la crisis civilizatoria en forma de nuevas dinámicas sociales en donde el sujeto ya no se reconocerá ni a sí mismo, ni a sí mismo como parte del grupo, ni a los suyos, la despersonalización por vía de la enajenación de su subjetividad para sobrevivir es y será el principal motivo de su desconexión con el mundo circundante, de su indiferencia.

El drama de ser un homo pandemus radica en buscar la sobrevivencia en un mundo que busca por todos los medios acabar con ella, pero además sobrevivir con los recursos finitos, limitados de creatividad y ciertamente sin ser radicales: ninguna vacuna puede acabar con el capitalismo. Dentro del establecido algoritmo del capital, las fisuras son imposibles: si el homo pandemus no se funcionaliza dentro del sistema metabólico capitalista, muere. La dificultad de funcionalizarse es la obligatoriedad de asumir la cada vez más imperante autofetichización: volverte algo más que tú mismo, algo más atractivo, consumible y deseable para el capital.

Con la masificación de la tecnología inalámbrica, las entregas a domicilio, las clases online, el home office, las relaciones sociales son las de las maquinas, y aunque estamos a un click para conectarnos los que bien tienen los medios para hacerlo, estamos realmente distanciados. 

La influencia del virus llega en lo más hondo de nuestra fuerza moral, destruye nuestra capacidad de acción, borra la esperanza y obstaculiza la organización. Los impedimentos del sujeto pandémico por realizarse en cualquiera de las esferas de la vida son tantos, que este queda en un estado de indefensión. Desdibujar la responsabilidad de la consciencia de clase por la negligencia hedonista al usar el espacio público como medida para evadir la realidad, justificar la indiferencia, y permitir el goce coartado por el encierro, parece ser la regla que permite mantener la subjetividad viva, pero apagándose poco a poco, mientras nuestro carácter subalterno nos cohesiona en los momentos más difíciles y contradictorios contra el Estado.

Tal parece que la pandemia producirá un nuevo tipo de sujeto, con una visión distinta del mundo marcada por la incertidumbre y la inmediatez, pero con un gran potencial crítico que se plantee que “ya no tiene nada que perder, excepto sus cadenas”.

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