Intersubjetividad para el fin del mundo (neoliberal)

Por: Ricardo Gutiérrez González

No debemos de espantarnos ante la idea de la destrucción del mundo tal y como lo conocemos, sino imaginarnos con esperanza el mundo tal como será.

Los recientes eventos que han agitado al mundo, y que recorrieron América Latina con un claro cariz violento —tan violento como estético, agitador y revolucionario— son apenas un atisbo, un aviso: imágenes preapocalípticas de un inminente colapso civilizatorio que augura la destrucción de nuestra racional-occidental forma de ver el mundo, pero también de las estructuras materiales que la sostienen. No es posible aprehender la totalidad de las determinaciones que han contribuido a agudizar y potencializar la enfermedad de este organismo llamado neoliberalismo, hasta llevarlo a su necesaria muerte; pero, si pudiéramos nombrar al menos uno de esos factores, sin duda tedría que ser la represión de lo humano y la cosificación de las relaciones sociales, a lo que se antepone el surgimiento de lo colectivo, y que algunos llaman intersubjetividad.

Pero, siendo el de intersubjetividad un término claramente occidentalizado, ¿es necesario su uso para explicar el brote de movimientos antisistema en América Latina? El conflicto que tenemos aquí es que hay un agotamiento e incapacidad del lenguaje con el cual sustentar la idea de relaciones políticas populares, esto es: aquellas que tienden a surgir desde el seno del pueblo, desde la tierra. Esta insuficiencia del lenguaje limita la traducción de la totalidad de sentires y la apropiación del conocimiento de las que los movimientos antisistémicos actuales son portadores, acotándolos a la forma racionalizada y fragmentada de nuestro pensamiento y nuestro lenguaje, en los cuales no existe un término que pueda aglutinar los procesos “subjetivos” que detentan la necesaria destrucción del neoliberalismo. Sin embargo, tampoco es posible utilizar el término de intersubjetividad completamente, al grado de aceptarlo para cualquier forma de manifestación política subalterna. Nuestro maestro, el filósofo Sánchez Vázquez, lo pone en los siguientes términos:

Por ser el individuo un ser social, las relaciones entre los hombres no se reducen a relaciones humanas intersubjetivas. Las relaciones de producción son ciertamente relaciones objetivas, sociales, entre los hombres, independientemente de cómo ellos las vivan o conozcan. Pero los hombres no contraen estas relaciones como puros soportes o efectos, sino como individuos concretos dotados de consciencia y voluntad, aunque un tipo peculiar de relaciones sociales —como las relaciones capitalistas de producción— tienda a hacer de ellos meros soportes o efectos y de las relaciones humanas simples relaciones entre cosas. (1980, P. 392).

Así, la intersubjetividad encierra varios problemas más: una posible pasividad social y un desentendimiento de una condición política con condiciones imbricadas de clase, raza y género. En este sentido, tal vez la única acepción que pudiésemos utilizar es aquella para la cual la intersubjetividad es quizá una respuesta reciente a una necesidad para “reencontrarnos” y resistir en medio del colapso capitalista-neoliberal.

Entonces, hablar de intersubjetividad cobra sentido cuando existe un colapso y rompimiento emotivo-racional en el ámbito de la sociedad civil -aquella que se disputa lo poco que queda de mundo con uñas y dientes-, el cual ha sido producido por el avance y agudización progresiva de la modernidad abanderada por el Estado capitalista, proceso en el cual las elites establecen la dirección de la atención vital de los plebeyos hacía intereses enajenantes (mera sobrevivencia en un mundo dominado por el trabajo abstracto) y expulsan sus intereses reales de la esfera de las necesidades y de la posibilidad de ser satisfechas por el Estado para impedir su realización como agentes de la historia.

Así surge, como emergencia, la necesaria conexión (o reconexión) de los sujetos con otros sujetos, de los sujetos con las cosas; de manera multideterminada, multidireccional y recíproca. Es decir: la intersubjetividad, como fuerza que incita a establecer lazos para superar las contradicciones y limitaciones que el modelo civilizatorio actual ha impuesto.

Sin embargo, la intersubjetividad como germen de una insurrección popular es un proceso que se agota en la medida en la que avanzan las fuerzas populares hacía instancias disgregadas. Su posibilidad de culminar en una realización completa —donde el proceso intersubjetivo no vuelva a verse corroído por la enajenación y el fetichismo— es finita en tanto no se proponga otros objetivos. En ese sentido pareciera que la intersubjetividad no quiere el poder. Sólo liberarse. Pero asimismo parece imposible que se mantenga, pues es constantemente derrotada. No quiere “regenerar el tejido social”: quiere destejerlo cómo hizo Aracne, pero sin volver a tejerlo ya que no espera que vuelvan las condiciones anteriores de vida; busca desligarse de los hilos que le fueron preestablecidos. Agudizar la crisis.

La intersubjetividad es una condición preestablecida, es decir, ya existía antes de manifestarse. Pero “brotó”, tal como una enfermedad que tarda determinado tiempo en incubarse para exteriorizarse, y que necesitó un periodo refractario en el cual el “organismo” (sociedad civil) trataba de acostumbrarse a otro tipo de relaciones, unidireccionales y unilaterales, jerárquicas y subordinadas. El secreto reside en que las clases dominantes se creen con el derecho de tratarnos como imbéciles subordinados, con la posibilidad de que lo sepamos y aun así lo soportemos.

Sin embargo, cuando el organismo trata de asimilar algo sin lograrlo, lo expulsa. El metabolismo de la sociedad civil reproduce las formas de dominación hasta que los subalternos encuentran la forma de rebasar con violento entusiasmo, y de contrarrestar así la dominación con insubordinación.

Tal vez una aproximación más correcta para acercarse a este tipo de manifestaciones desde su corazón sería entender las nuevas formas que han adoptado las relaciones de producción: no como subordinación del sistema capitalista, sino como expresión de su permanente crisis.

La intersubjetividad, en ese sentido, es el inicio de una actitud antisistema, que nos indica que debemos dejar de soñar que cambiamos las cosas y empezar a cambiarlas. Sólo entonces tendremos las condiciones necesarias para el fin del mundo.

Artículos consultados y relacionados.

Cuellar, D. (2019). Concepciones mesoamericanas de la intersubjetividad como pauta para la psicología crítica y para la praxis comunitaria. Disponible en: https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2019/10/29/concepciones-mesoamericanas-de-la-intersubjetividad-como-pauta-para-la-psicologia-critica-y-para-la-praxis-comunitaria/

Sánchez, A. (1985). Individualidad y socialidad. En: Filosofía de la praxis.

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