Introducción al concepto de subalternidad

Es bien conocido que el concepto de “clases subalternas” es un componente fundamental del pensamiento de Gramsci. La popularización de este concepto (de la cual Gramsci estaría feliz) se ha realizado mediante su uso sustantivado: subalternidad. Pero esto no quiere decir que no seamos críticos frente a dos excesos: el que hace de él un tópico de elegancia burguesa (inútil) en los discursos verbales que oscurecen sus aguas para parecer más profundos; y el que, al intentar sortear el economicismo de “las clases trabajadoras explotadas” pretende ampliar la categoría hacia universos conceptuales ajenos a la perspectiva de la lucha de clases como núcleo de la categoría de nuestro filósofo italiano (tal como la ha hecho Spivak). Es cierto que en los textos precarcelarios el concepto es prácticamente inexistente, pero su novedad en los Cuadernos no se debe tampoco a la censura fascista. En Gramsci el término “subalterno” da cuenta de una relación social específica sobre la condición subjetiva de la subordinación en el marco histórico de la dominación capitalista, es decir, es el equivalente socio-político en el plano de la dominación de lo que ésta indica en el plano socio-económico: el despojo relativo de la calidad subjetiva por medio de la subordinación (1). El término aparece por vez primera en el cuaderno 1, en los §43, §48, §54 en relación a las estructuras jerárquicas militares de los sectores subalternos, y en el contexto del análisis del poder de dirección, la relación jerárquica mando-obediencia y la subordinación de los individuos a las instituciones. Sin embargo, en el cuaderno 3 §43 hay una nota de tipo A (primera redacción) en la que el concepto es teorizado en el ámbito de las relaciones sociales como subjetividad política de las clases sociales sometidas:

La historia de las clases subalternas es necesariamente disgregada y episódica: hay en la actividad de estas clases una tendencia a la unificación aunque sea en planos provisionales, pero ésa es la parte menos visible y que sólo se demuestra después de consumada. las clases subalternas sufren la iniciativa de la clase dominante, incluso cuando se rebelan; están en estado de defensa alarmada. Por ello cualquier brote de iniciativa autónoma es de inestimable valor. [1930]

Si la historia de las clases subalternas es disgregada y episódica, ello remite a que el conjunto de sus intereses, experiencias, aspiraciones, anhelos, sentidos comunes, legados y luchas, tienden a ser incluidos sólo en tanto que su contenido no pervierte la forma de la dominación a la que son sometidas, y por ello en tanto que su contenido material subversivo es denegado pero incluido sólo como forma fantasmal (producto de luchas sociales previas y presentes) en el Estado en sentido integral, es decir, en tanto logra rearticularlos en el seno de una estructura de dominación que presupone una historicidad lineal, acumulativa, “legal” e intolerante frente a las resistencias que pretendan romper la fluidez de este proceso. El Estado es entonces la referencia de una doble unidad: la de la historia de las clases dominantes, y la unidad de un aislamiento, división o desmembramiento que él mismo produce respecto de las clases subalternas. El concepto de subalternidad es producido para dar cuenta de la estructura de un subjetividad política fundamentalmente coartada en relación a sus capacidades de producción de ordenes políticos con capacidad hegemónica, pero también para dar cuenta del potencial contradictorio de esa subjetividad cuya autotransformación coincide con la transformación de sus circunstancias políticas colectivas, es decir, por medio de la conciencia y la acción política organizada. Esta posibilidad de (auto)transformación parece no estar presente en el §14 del cuaderno 3, pero sí en su reelaboración en el §2 cuaderno 25:

La historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente disgregada y episódica. Es indudable que en la actividad histórica de estos grupos existe la tendencia a la unificación, si bien según planes provisionales, pero esta tendencia es continuamente rota por la iniciativa de los grupos dominantes, y por lo tanto sólo puede ser demostrada a ciclo histórico cumplido, si éste concluye con un triunfo. Los grupos subalternos sufren siempre la iniciativa de los grupos dominantes, aun cuando se rebelan y sublevan: sólo la victoria “‘permanente” rompe, y no inmediatamente, la subordinación. [1934]

Es importante notar que aquí Gramsci ya no utiliza el concepto de clase, sino de “grupo”. Esto no indica un abandono del término clase, sino una precisión para expresar la densidad político-cultural de la experiencia de la dominación. Por otra parte, en esta nota de tipo C (segunda redacción) ya no se habla solamente de la potencia para “rebelarse” a partir de la “iniciativa autónoma”, sino de la posibilidad de “la victoria permanente” que sí puede quebrar, aunque no inmediatamente, la experiencia material de la subordinación. A pesar de esto, el grosor de las ataduras de la subordinación continúa estando presente en esta nota de 1934. No se trata solamente de una subordinación por medio de los aparatos del Estado-sociedad política, sino del lastre de la asimilación o internalización mecánica de las concepciones de mundo proyectados por las clases dirigentes que logran conducir intelectual y moralmente un proceso histórico en el que aquella ideología se desarrolla en el seno de referentes materiales concretos. La subordinación subalterna no significa homogeneización o eliminación de las clases dominadas y de sus proyectos: existe también (según ciertas condiciones) la posibilidad de la “rebelión” o insubordinación “espontánea”. Lo que destaca Gramsci es que incluso si se realiza esta posibilidad histórica aquel dispositivo relacional con fundamentos materiales no podrá ser desactivado inmediatamente. La rebeldía o capacidad de “iniciativa autónoma” nace siempre acompañada con el fantasma de las formas de la subordinación. En el §90 del cuaderno 3 esta dialéctica de la subordinación-autonomía marca un canon de investigación histórica a partir del cual se pueden elaborar las fases del desarrollo del espíritu de escisión hasta la plena autonomía integral que sólo se consigue si las clases subalternas devienen Estado.

Desde esta perspectiva, utilizando las categorías de E. P. Thompson, la subalternidad se coloca entre el ser social y la conciencia social, como estructura y también proceso social; es decir, remite a la experiencia de la subordinación a partir de la cual se asimilan subjetivamente las relaciones de dominación y su proyección social como modalidad o disposición para actuar como una clase. La experiencia de la subordinación comprende de alguna manera las formas de reacción de una pluralidad de acontecimientos relacionados entre sí y que pueden repetirse una y otra vez. Esta experiencia surge del interior del ser social bajo la forma conciencial de la enajenación que tiende a aceptar naturalmente la dominación. Como decíamos, la experimentación de la subordinación que conforma la subjetividad subalterna incluye también la posibilidad del desarrollo del germen de la insubordinación que se presenta bajo la forma de la “espontaneidad”, misma que siempre es acompañada por formas primigenias de dirección consciente en forma de sentido común. En este proceso pueden surgir composiciones complejas en relación a la aceptación enajenada de la dominación en ciertos niveles de la vida social, y la rebelión en relación a otros niveles de dominación de la vida social: esta es la verdadera textura histórica de la subversión. Para potenciar este proceso hacia el socialismo, Gramsci no sugiere insertar externamente la conciencia de clase en lugar de la falsa conciencia, la racionalidad por la irracionalidad, la dirección consciente por la “espontaneidad”. Se trata de un proceso de lucha contra la enajenación que, por vía de diversas combinaciones y sobreposiciones, pretende construir un cambio histórico que pueda ser experimentado en la vida social (a partir de la conciencia que los sujetos tienen de sus ideas y valores que son razonados a través de sus acciones, elecciones y creencias) como fin de la subordinación de la existencia política de los seres humanos. Este es, por supuesto, un trabajo largo y que sólo puede desarrollarse como conciencia del fin de la subordinación si se producen los referentes materiales a partir de los cuales los individuos históricos experimenten, incorporen y acepten, relaciones sociales cualitativamente diferentes a las del capitalismo y en donde ellos mismos sean el sujeto (y el objeto) principal de esa transformación. En resumen, el concepto de la subalternidad sirve para indicar la experiencia existencial de un lastre interno a los seres humanos que refiere justamente a todas aquellas predisposiciones socialmente humanas referentes a las ideas, emociones, pasiones, imágenes y rincones inconscientes que extinguen de manera sistemática proyecciones de mundo más allá del capitalismo tardío. Para decirlo de manera clara, y tal como señala Cioran en Del inconveniente de haber nacido:

“Uno debe ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia, incluso cuando están equivocados, sin perder de vista, no obstante, que están hechos del mismo barro que sus opresores”.





Notas

1. Massimo Modonesi, Subalternidad, antagonismo, autonomía. Marxismo y subjetivación política, Buenos Aires, CLACSO, 2010, p. 26.

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