Las tres mujeres que gobernaron Tenochtitlan: una herencia para construir futuro*

La invasión europea y la colonización cortaron el desarrollo de las fuerzas productivas de las culturas mesoamericanas. Dicho en otras palabras, el colonialismo pretendió destruir formas distintas de civilización, en las cuales, si bien ya existían división de clases y formas Estatales, estaban normados por el bienestar comunitario, practicaban una relación más equilibrada con la naturaleza y el dominio patriarcal no alcanzaba la tenebrosa profundidad y violencia de hoy.

No diremos que en las civilizaciones originarias no existían mecanismos de dominación patriarcal, pues el patriarcado es el sello fundador de cualquier civilización. Lo que sí reivindicaremos es que en dichas civilizaciones existían condiciones de equidad entre hombres y mujeres mucho más desarrolladas que en la sociedad capitalista. Ese rastro se puede seguir desde distintas vías.

Una de ellas tiene que ver con los grandes vestigios del lugar de prestigio que en tiempos ancestrales solían ocupar las mujeres. En tiempos de las sociedades cazadoras-recolectoras, las mujeres eran quienes no sólo se hacían cargo de la economía familiar sino que gozaban de predominio y un lugar de prestigio en el ámbito público. Este predominio sin duda se vio mermado con el desarrollo de las civilizaciones, fundadas a partir de la primera ruptura sexual que de acuerdo con la visión de las mujeres kurdas trajo consigo la instauración de un poder jerárquico patriarcal [1].

A pesar de esta merma, el papel de la mujer en la vida pública y en la política no fue eliminado con el surgimiento de las civilizaciones mesoamericanas, sino que la mujer conservaba un papel central, en donde por ejemplo, el término “madre” no sólo hacía referencia a su capacidad material de dar vida sino por ser la base del ser social y de la economía, por su reconocimiento público, sus conocimientos y por su papel en los avances e invenciones de la época (uso curativo de las plantas, domesticación de animales, nutrición infantil, etc.). En pocas palabras, por ser quien permitía que hubiera las condiciones sociales, materiales y culturales para hacer posible la vida en comunidad y en armonía con el entorno. Es en esta ruta que el presente artículo pretende hablarles sobre algunas de las mujeres que gobernaron los territorios Mexicas.

Aunque el gobierno pueda ser una ruta problemática para explorar la condición de la mujer, pues las mujeres podemos gobernar y no necesariamente se alterarán las estructuras patriarcales (pensemos en la nefasta de Margaret Thatcher, por ejemplo), traer a la memoria a las gobernantes mexicas puede motivar a realizar un estudio más profundo sobre nuestras ancestras que, de paso, nos de pistas sobre nuestras batallas de liberación en el futuro.

Sin más preámbulo, les diremos que el Tlahtocan (Consejo de Gobierno Mexica-Tenochca) estaba integrado por varias personas con capacidades intelectuales, físicas y espirituales altamente desarrolladas, dentro de las cuales, una persona resultaba vocera y representante; conocida como Tlatoani. De las tres mujeres que traeremos a la memoria, sólo la primera es reconocida formalmente como gobernante, pero en los hechos, todas fueron representantes legítimas del Tlahtocan.

Ilancueitl:

Fue la primera representante del Tlahtocan. Su nombre significa “Falda de mujer madura” en náhuatl. No hay datos precisos sobre su período de gobierno, pero la mayoría coincide que su ubica entre 1299-1347, en los primeros años de la fundación de Tenochtitlan. Fue esposa de Acamapichtli, considerado el primer tlatoani después del periodo de gobierno de Ilancuetil y Tenoch.

Atotoztli:

Su nombre significa “Avecita acuática”. Bisnieta de la misma Ilancueitl e hija del gran Moctezuma Ilhuicamina. Ocupó su cargo después de la muerte de su padre. Su nieto sería llamado Moctezuma Xocoyotzin. Algunos ubican su periodo de gobierno entre 1469-1473

Ixcaxochitl (más tarde llamada Isabel Moctezuma):

Ixcaxochitl, cuyo nombre significa Flor de Algodón, es de quien se tienen más datos, pues su vida transcurrió en los últimos momentos de la Gran Tenochtitlan y los primeros días de la colonia. Arturo Meza hace un breviario sobre su vida [2], del cual retómanos los siguientes apuntes.

Ella pasó su niñez entre los salones del Tecpan de Tenochtitlan, donde residía el Consejo de Gobierno, desde el cual se controlaba el enorme territorio mexica-tenochca. Desde pequeña llamaba la atención de su padre Moctezuma Xocoyotzin por su inteligencia. La niña supo aprovechar al máximo la educación que le proporcionaban los sabios que formaban parte del Consejo de Gobierno.

Las artes, los textiles, la danza, la poesía, las tradiciones, la astronomía y la matemática debieron ser el marco de la formación de Ixcaxochitl. Alcanzó el sobrenombre de Tecuichpo, es decir, “doncella descendiente de Principales”, por su inteligencia despierta y su extraordinaria intuición.

Compartió con sus familiares y maestros los años de esplendor previos a la llegada de los invasores castellanos, fortaleciendo su espíritu de lucha, y un perfil de inigualable inteligencia, decisión, belleza, estoicismo y poder en la edad madura.

Con la sobresaliente preparación de Ixcaxochitl, comenzó sus disciplinas para ser una futura sucesora de su padre en el Consejo de Gobierno, tal como había fungido su bisabuela Atotoztli años antes, y también como Ilancueitl (la bisabuela de Atotoztli) la sabia mujer que se convirtió en la primera representante del Tlahtocan, el Consejo de Gobierno Mexica-Tenochca.

Ixcaxochitl, en plena juventud vio morir a su padre Moctezuma Xocoyotzin. Vivió la crueldad de la invasión. Vio morir a Cuitlahuac, víctima de la viruela. Era esposa de Cuauhtemoc cuando lo asesinó Hernán Cortés en Izancanac.

Los invasores españoles la bautizaron con el nombre de Isabel Moctezuma, porque ese era el nombre de Isabel de Castilla. Sufrió violaciones y maltrato de parte de Cortés en Coyoacán. En esa época tuvo una hija llamada Leonor Cortés. Fue obligada a casarse varias veces con castellanos, por lo que se asegura que con ella se inicia la fusión de sangre a través de sus muchos hijos e innumerables nietos y descendientes.

Isabel Moctezuma pasó a la historia virreinal defendiendo a su gente de abusos, como representante de la nobleza tenochca. Fue muy amada tanto por su pueblo indígena tanto como por el medio novohispano, que supo controlar. Al proteger en sus tierras a su gente que desertaba de otras encomiendas a causa del maltrato, fue ganando el cariño y la llamaban Nuestra Madre, que nos protege y nos cuida. Actualmente hay historiadores que sugieren que fue Isabel la inspiradora del origen de la tradición guadalupana, tan arraigada hasta hoy en la idiosincrasia mexicana.

Hoy en día atravesamos una crisis civilizatoria. En realidad es una crisis de las formas civilizatorias occidentales que, gracias al capitalismo que se imbrica con el patriarcado y el colonialismo, nos mantiene sumidxs en condiciones de desigualdad, de pobreza, hambre y miseria nunca antes vistos, con poblaciones enfermas por el uso indiscriminado de químicos en la agroindustria que atentan contra nuestra salud a cambio de que unos cuantos obtengan mayores ganancias. Todo ello bajo condiciones de violencia cada vez más inhumanas, que han traído consigo un desmembramiento del tejido social y por si fuera poco, la devastación ambiental que amenaza incluso la existencia de la vida misma. Ello atravesado además por múltiples agravantes de género, raza y clase que vuelven particularmente dolorosa y opresiva la situación de ciertos sectores.

Esta crisis nos obliga a voltear a ver alternativas, a virar hacia otras formas civilizatorias, que como las de nuestros pueblos originarios, se basen en una ética de la vida, que mantengan una armonía con el ambiente, viendo al otro como igual y cuyo sentido de comunidad es más importante que el mezquino interés personal. Para poder imaginar y crear formas civilizatorias distintas que privilegien la vida sobre las ganancias, también hace falta recuperar y comprender de manera profunda el papel que la mujer ocupó en ello.

Con esto no pretendemos plantear una simple e inviable vuelta al establecimiento de sociedad prehispánicas, sino observar que en el presente aún existen y resisten muchas de aquellas formas civilizatorias de matriz mesoamericana. Y no sólo estamos pensando en las comunidades indígenas que aunque forzadas al aislamiento en remotos rincones del país, sin duda cumplen un papel fundamental en su resguardo. La civilización mesoamericana resiste también en cada fiesta patronal, en cada mercado de la ciudad, en cada tradición, danza y canto, en cada asamblea de barrio, en muchos de los alimentos que consumimos, en las formas vecinales de organizar el trabajo y el territorio. En fin, en cada elemento que pudo resistir al genocidio cultural de la colonia, gracias, primordialmente, a las mujeres que lo defienden y mantienen vivo.

Sin embargo, tal como dice la feminista e indígena guatemalteca Aura E. Cumes, es fundamental señalar las implicaciones que tiene el que las mujeres sean “guardianas de la cultura” en un contexto de desigualdad y opresión colonial-patriarcal. Pues si bien todas las mujeres estamos atravesadas por violencias patriarcales, la vivencia de las mismas se desenvuelve de manera distinta en mujeres que además sufren opresiones de clase y raza, situación por la que atraviesan el grueso de las mujeres indígenas del país. Y las cuales es fundamental tener en cuenta y atacar al pensar en la despatriarcalización de la sociedad [3].

Finalmente diremos que si bien las formas civilizatorias mesoamericanas han resistido, estas se expresan principalmente en el ámbito socio-cultural, pues la colonia, dejó a las mujeres y al mundo indígena fuera del ámbito político casi por completo. Es por ello que una tarea fundamental tendría que ver con expandir ese México negado al ámbito político y así reapropiarse de la gerencia pública y el espacio de la toma de decisiones.  Para construir un futuro distinto en un país plurinacional como el nuestro, es fundamental pensar en todo esto.

Insistimos, ese futuro no es ni será posible sin la liberación de las mujeres, sin un embiste abierto y directo contra el patriarcado que nos ha pretendido mantener fuera del ámbito político, de la toma de decisiones. Situación muy distinta a la de prestigio en el ámbito público que sostuvieron por más de 200 mil años las mujeres en los orígenes de la humanidad.

Una mirada hacia nuestro pasado histórico nunca está de más para no olvidar nunca de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.

*Nota: Los nombres propios cuya raíz lingüística proviene del náhuatl están escritos sin acentos ahí donde su castellanización lo indicaría, respetando las formas gramaticales originales de la lengua.

Referencias:

[1] Abdullah Öcalan. Liberar la vida: la revolución de las mujeres Kurdas. International Initiative Edition, 2013.

[2] Arturo Meza Gutiérrez. Las Flores en el Espejo. Altepetl Editores. 2017. México.

[3] Aura Estela Cumes. Mujeres indígenas, patriarcado y colonialismo: un desafío a la segregación comprensiva de las formas de dominio. Anuario Hojas de Warmi 2012, no 17. Conversatorios sobre Mujeres y Género.

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