Olor corporal: una extensión de la lucha de clases

Por: Adrián Martínez

Parásitos, película estrenada en 2019, popularizada por su crítica hacia nuestra actual sociedad de clases y ganadora de 4 premios Óscar (ironía de nuestro realismo capitalista) nos mostró de forma un tanto sátira la relación entre una familia de clase obrera, los Kim y una familia que vive de lujos gracias a la millonaria compañía del padre de familia, los Park.

Para acentuar diferencias entre las dos familias, los productores no mostraron situaciones de explotación explícitas, sino pequeñas cuestiones fetichistas que generan conflicto entre clases diferentes hoy en día. Uno de esos aspectos fue el olor corporal. Los Kim, al tener su pequeño departamento literalmente en el subsuelo y al fondo de un callejón, retiene olores que se quedan impregnados en la piel y ropa de la familia. El olor corporal de los Kim resulta chocante para los Park, quienes en reiteradas ocasiones llevan su mano a la nariz y bajan la ventana del auto para evitar su “olor especial”. Los Kim notan el desprecio casi hasta el final del filme por su olor, pero ellos sabían que no era consecuencia de su poca higiene personal, sino que su condición de vida los orillaba a eso.

La clase obrera es demonizada por expedir olores que resultan “desagradables” para algunas personas. El olor corporal de la clase obrera que se encuentra trabajando en fábricas y construcciones es resultado de encontrarse expuestos todo el día a diferentes componentes químicos y materiales que se combinan con el sudor y la ropa bajo largas jornadas de trabajo en espacios cerrados y nada ventilados.

La clase obrera industrial no termina el día y toma una ducha caliente en los bellos baños de la fábrica, se cambia de ropa, unta loción y se sube en su coche del año rumbo a su lujoso hogar, al contrario de eso, lavan sus brazos y cara con la poca agua que brinda el lugar, se cambian alguna prenda y ponen marcha a tomar el transporte público, uno de los sitios en donde gente perteneciente a la misma clase reprochan el olor corporal de algunas personas que tienen trabajos físicos exigentes.

En el pasado, bañarse y cambiarse de ropa era una cuestión que no orbitaba mucho en las cabezas de las personas cada día. La clase campesina duraba meses sin bañarse en los ríos y mucho menos cambiaba de ropa cada día. Con la llegada del consumo de masas y las dinámicas del capitalismo tardío, se ha instaurado un “régimen de etiqueta” sobre el cual debemos vestir y hasta oler para mostrarnos presentables no ante las personas, sino al capital al que debemos rendirle rituales para que pueda continuar su ciclo de acumulación.

Algunas personas padecen cambios químicos en su cuerpo, lo que hace que suden mucho y generen un olor corporal desagradable al fundirse con la ropa, eso parece comprensible para bastantes personas. Lo que otras tantas no logran comprender es que las condiciones materiales de trabajo, vivienda y consumo, precisamente condicionen de determinada manera oportunidades sociales, forma de pensar y hasta el olor corporal.

La gran mayoría de personas en el mundo pertenecemos a clases obreras, pero no somos consciente de ello. Creemos que por trabajar en algún puesto administrativo de una pequeña empresa o en alguna tienda departamental atendiendo a los compradores escapamos de esa condición, además de que ciertas pautas de consumo material (como tener un auto, comprar un celular, pagar un viaje) y consumo cultural (escuchar cierta música, dejarnos persuadir por pensamientos de empresarios y couches) esconde nuestro rol dentro de las relaciones de producción.

Históricamente las clases trabajadoras han sido relegadas a las peores condiciones de vida. Cualquier aspecto que no encaja con los deseos de la ideología y clase dominante tiende a ser denostado y explicado como un fenómeno individual fuera de un sistema grande, aislado de cada engrane social para relegarlo a la periferia de la ciudad, en donde se encuentra la tierra de los “nadie”.

Debemos ser capaces de explicar cada cuestión de nuestro mundo social de forma lógica y coherente. Así es como podemos politizar las causas y no solo reprochar las consecuencias sin una crítica sustancial. Hasta el mínimo aspecto de nuestro entorno puede ser una cuestión política concreta: la punta de un hilo el cual debemos de seguir hasta encontrar su origen. Nuestro olor corporal es uno de los tantos de ejemplos sobre los cuales podemos comenzar a plantearnos preguntas y responder si el origen de los males es solo una condición orgánica o un problema político-social.

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