Sobre los significados y lecturas históricas de las protestas del 28 de abril en Colombia

Por: Julián Cuaspa Ropaín. Julio de 2021

En el transcursos de las protestas desatadas durante los últimos meses, varios sectores de la sociedad han visto con optimismo los significados y los posibles derroteros que una generación nueva plantea para Colombia. Desde aquel 28 de abril (28A), cuando un pueblo asfixiado por las medidas económicas y sociales de los últimos años (y décadas), que han buscado profundizar cada vez más el modelo neoliberal, han ocurrido varios sucesos que entristecen y enlutan a la población, por cuenta de violencia estatal contra los y las jóvenes, en su mayoría, que han salido a levantar la voz. Sin embargo, las movilizaciones también han sido motivo de esperanza e inspiración para un país que intenta descubrir sus múltiples caras. Transcurridos los días y con un poco de distancia de los hechos sucedidos, encuentro pertinente realizar algunas reflexiones acerca de los significados levantados por estos meses de intensa movilización social.

Un punto transversal es el de la producción de significados históricos que suscita este levantamiento social. En este sentido, se pueden determinar dos ideas o asuntos recurrentes cuando intelectuales, políticos, periodistas, actores sociales y diferentes participantes de la opinión pública y de las protestas se refieren a estos hechos: primero, la idea de novedad y ruptura para llevar a cabo acciones que generaciones anteriores no han realizado; segundo, la idea de continuidad principalmente con las protestas que se organizaron a partir del 21 de noviembre de 2019 (21N), detenidas por la pandemia, e inclusive a partir de un encadenamiento con movilizaciones que venían dándose desde antes. De esta forma, se pueden encontrar por lo menos dos temporalidades que suscitan estas movilizaciones sociales y que, a su vez, pueden llegar a producir significados emergentes con relación a la movilización social.

En cierta medida, una determinada forma occidental y moderna de concebir la historia ha sido la preeminencia y atención que se le da al cambio. Esto es, una manera de ver el transcurso histórico a partir de las rupturas, o la percepción de éstas, que se generan a partir de hechos o eventos manifiestamente determinables: los “grandes” hechos históricos en el historicismo occidental (Palmié y Stewart 2016). En este caso, resurgen en el debate público las reivindicaciones y comparaciones con las gestas que hilan el histórico de la protesta social en Colombia y América Latina y el Caribe. Algunos ejemplos locales son el asesinato del líder de izquierda y candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, cuando se generaron diversos focos de protesta, violencia y resistencia popular dentro del marco que se conoció como El Bogotazo y dio origen a los años siguientes conocidos en el país como la época de La Violencia.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX transcurrieron otra serie de hechos que son conmemorados por sectores de las resistencias y organizaciones políticas y populares como el 19 de abril (de 1970), fecha en la que se alega hubo un fraude electoral en favor del candidato conservador Misael Pastrana Borrero y que, a la postre, inspiró la conformación del Movimiento 19 de abril (M-19), la primera organización guerrillera de cuño urbano en el país. Un comando de este movimiento, a su vez, organizó un asalto al Palacio de Justicia en el centro de Bogotá, en 1985, que tenía como objetivo llevar al entonces presidente de la república, Belisario Betancur, a un juicio público ante la Corte Suprema de Justicia y abierto a todo el pueblo colombiano. Dicha operación resultó en un holocausto, en donde fueron asesinados magistrados, trabajadores y visitantes del palacio, militantes del M-19 y soldados debido a la respuesta desmedida de las fuerzas del estado (Comisión Interamericana de Derechos Humanos 2014).

La noción de ruptura que surge con el 28A, desde cierta perspectiva, se vincula a la idea de que a partir de estos levantamientos la situación económica y social irá a transformarse. Es decir, estas protestas generan una relación de ruptura con el sometimiento al establecimiento y sus instituciones aledañas, así como una rompimiento con respecto a movilizaciones y, sobre todo, generaciones anteriores que no habrían podido lograr cambios y permitieron que las condiciones de este país llegaran hasta tal punto. Sin embargo, al mismo tiempo estas movilizaciones se vinculan con las protestas que se habían desatado en noviembre de 2019 (21N) y con las protestas que sucedieron en ese intervalo hasta 2021.

De esta forma, estas rupturas o nociones de desprendimiento de una continuidad histórica expresadas públicamente se pueden vincular a los movimientos de base de cuño racial y barrial que lideran las protestas. Estas organizaciones hicieron posible que las manifestaciones y concentraciones se tornaran particularmente intensas en algunos lugares, como los departamentos de Valle del Cauca y Cauca. En gran medida, se puede interpretar que estos movimientos se han estructurado a partir de ejercicios a través de los que se ha podido recuperar un tejido social tan largamente destruido por un accionar represivo que, con el pretexto del combate a la insurgencia, ha atacado, disciplinado y militarizado la vida de grandes proporciones de la sociedad civil, especialmente en los territorios rurales y sectores populares de las ciudades en donde se asientas extensas comunidades negras, indígenas y campesinas de desplazados de primera o segunda generación por la guerra y el abandono estructural e institucional del estado.

Así, es muy importante resaltar los logros de estas movilizaciones que han forzado la renuncia de altos funcionarios del gobierno. Por ejemplo, la renuncia del ministro de hacienda quien ideó e impulsó la reforma tributaria agresiva con las clases medias y bajas y condescendiente con los clases altas y los aglomerados económicos y que, en consecuencia, fue la gota que rebosó la copa para que se desataran las protestas populares. Además, siguieron las renuncias de la canciller y el comandante de la Policía de Cali, ciudad en donde se han presentado los mayores índices de violencia e irregularidad policial, además del director de derechos humanos de Bogotá.

Igualmente, las movilizaciones consiguieron derribar las violentas reformas tributaria y de salud, que coincidían y profundizaban el modelo económico que ha seguido el país durante las últimas décadas. Sin embargo, vale la pena mencionar que las condiciones estructurales en los modelos económicos, sociales y de violencia se han visto poco afectadas y, en parte, se evidencia en que los funcionarios que reemplazaron al ministro de hacienda y a la excanciller son cuadros que no ofrecen ninguna garantía de cambio y, por el contrario, se instalan dentro de un trasfondo que impulsa las problemáticas fundamentales que asfixian a sectores amplios de la sociedad.

En efecto, estos logros le han costado a la población civil, manifestantes, periodistas, observadores de derechos humanos y hasta mediadores de los gobiernos municipales más de 4.000 hechos de violencia. Dentro de las víctimas se encuentra 44 homicidios presuntamente cometidos por la fuerza pública, más de 2.000 detenciones arbitrarias, 82 víctimas de mutilaciones y agresiones oculares, 28 víctimas de violencia sexual y 9 de violencia de género (Temblores, Indepaz y PAIIS 2021), además de los hechos de violencia paramilitar de civiles disparando armas de fuego en operaciones conjuntas con las fuerzas del estado y, aparentemente, las muertes de dos agentes de la policía. Es muy importante que estos esfuerzos de organización popular y las muertes y violencias que le ha sufrido la juventud colombiana no sean silenciadas. Un ejemplo de esto sería lo ocurrido en la Masacre de Bogotá, entre el 9 y 10 de septiembre de 2020, en donde la policía disparó en varias ocasiones asesinando a 13 jóvenes y dejando cientos de heridos en los sectores populares de Bogotá (Cerosetenta 2020; Doria 2020). Estas protestas se desataron por un hecho de brutalidad policial, lo que hizo que miles de jóvenes se sublevaran en contra de años de discriminación, perfilamiento y represión por parte de las fuerzas policiales en la capital. Después de estas protestas y asesinatos no ocurrieron reformas relevantes en la organización policial de Bogotá y además las investigaciones no han avanzado mucho para responsabilizar a los perpetradores de estos asesinatos.

Para concluir, vale la pena estar muy atentos a los desdoblamientos de estas protestas y organizaciones barriales, étnicas y populares. Una oportunidad para acompañar estos hechos es pensar en las temporalidades y concepciones históricas que suscitan estos movimientos, así como acompañar los procesos que ha desatado la protesta popular en nuestros países vecinos. Esto permitiría dar luces en si se emplea a fondo la noción de movimientos de ruptura para caracterizar estas protestas y/o si se piensa que en cierta medida también responden a un continuo de organizaciones y levantamientos.

Es pertinente analizar hasta qué punto estas lecturas pueden contribuir para que las ruptura no sean únicamente en el ámbito de una narración histórica, sino que también tengan una influencia en el curso de los acontecimientos históricos. Para ello, también vale la pena reflexionar en otros eventos de ruptura y analizar el alcance de las transformaciones que posibilitaron realizar. En todo caso, estos levantamientos generarían significados y condiciones que estructuran un proyecto de nación en que los y las jóvenes de Colombia no sigan teniendo más posibilidades de esquivar la asfixia y garantizar su alimentación en instituciones como el ejército o en las concentraciones de la Primera Línea y las asambleas populares que en sus barrios y hogares.

Referencias

Cerosetenta. “[La oscura noche del #9S] Los 94 tiros del Verbenal”. Cerosetenta, octubre 1 de 2020. https://cerosetenta.uniandes.edu.co/los-94-tiros-de-verbenal/.

Corte Interamericana de Derechos Humanos. 2014. Caso Rodríguez Vera y otros (Desaparecidos del Palacio de Justicia) Vs. Colombia. Sentencia 14 de Noviembre de 2014.

Doria, Paula. “El odio en Verbenal”. La Silla Vacía, octubre 16 de 2020. https://lasillavacia.com/historias/silla-nacional/el-odio-en-verbenal.

Palmié, Stephan, and Charles Stewart. 2016. “Introduction: for an Anthropology of History.” HAU: Journal of Ethnographic Theory 6 (1): 207-236.

Temblores ONG, Indepaz y PAIIS. “Resumen Ejecutivo Informe de Temblores ONG, Indepaz y PAIIS a la CIDH sobre la violación sistemática de la Convención Americana y los alcances jurisprudenciales de la Corte IDH con respecto al uso de la fuerza pública contra la sociedad civil en Colombia, en el marco de las protestas acontecidas entre el 28 de abril y el 26 de junio de 2021”. Temblores ONG, 1 de julio de 2021. https://www.temblores.org/comunicados

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