Un golpe en México: ¿posibilidad real o hipocondría política? (II)

México como experimento del lawfare

Una vez esclarecidas algunas diferencias entre los golpes militares y el lawfare es posible entender mejor por qué algunos autores clasifican a los recientes golpes en Brasil, Ecuador y Argentina como golpes judiciales. Y es que en estos países la guerra psicológica y jurídica es la que tuvo mayor protagonismo en los procesos de desestabilización. Sin embargo, el Cono Sur no ha sido la única región que registra este tipo de casos. De hecho, el país donde se experimentó con estos métodos por primera vez en el continente no fue otro, según la autora catalana Arantxa Tirado, que México. 

Según Tirado, el origen del lawfare se puede rastrear en el desafuero a López Obrador en el 2004, cuando la decisión de abrir una calle para dar acceso a un hospital desató una persecución judicial contra el ahora presidente (en aquel entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal) quien sólo sobrevivió a este proceso gracias a la resistencia civil pacífica que mantuvieron durante meses sus bases de apoyo. Resulta curioso que Tirado sitúe en México el laboratorio de pruebas de este método, pues ello significa que en México sí tenemos experiencia con los golpes. Más aún: podría resultar premonitorio ahora que nuestro país abrió el segundo ciclo de impugnación al neoliberalismo en la región.

No obstante, esto no pasa de ser una curiosidad que si acaso nos retrotrae a los viejos tiempos, cuando AMLO aún priorizaba la movilización popular y era consciente de la importancia de ésta para evitar la desestabilización. Porque aquí es donde hay que decir que los análisis que alertan sobre la posibilidad de un golpe en México no sólo cometen graves errores políticos producto de una falta de rigor al momento de pensar la especificidad de la lucha de clases en el país, sino que por la misma razón ven en la 4T un progresismo de mayor intensidad de la que en verdad tiene. Así, pierden de vista que el tipo de golpes que se dieron en Brasil, Ecuador y Argentina no fueron arbitrarios, sino que respondieron 1) al devenir histórico de su lucha de clases y 2) a un tipo de progresismo que, por el grado de desarrollo de dicha lucha pudo alcanzar un mayor grado de radicalidad que el progresismo en México. Esta perspectiva ayuda a entender por qué la desestabilización en países como Venezuela y en Bolivia se ha perseguido con medios más violentos (alianza con el aparato represivo, invasiones estadounidenses y mayor propagación de noticias falsas desde los medios imperialistas), pues en estos países tenemos a los progresismos más avanzados (o sea: a los pueblos más avanzados).

Es así, pues, que las derechas se han organizado y han respondido de manera diversa a los diversos proyectos de impugnación que se han gestado en el continente. En Bolivia, por ejemplo, tenemos a una de las derechas más racistas y recalcitrantes: la ultraderecha cruceña que, aliada con oligarquías, militares y con el apoyo del imperialismo, pudo llevar adelante el golpe de Estado que derrocó a Evo Morales. Y si bien el desgaste del gobierno y del MAS son un elemento en el balance sobre este negro periodo de la historia reciente, lo cierto es que la llegada temporal de Jeanine Áñez y su séquito de golpistas al Palacio Quemado sólo puede explicarse tomando en cuenta el grado de peligro que representaba para la hegemonía estadounidense en la región un proyecto plurinacional como lo era el de Evo Morales. Además, la resistencia que mantuvo el pueblo boliviano demostró que, más allá de los gobiernos, existe una memoria material y una tradición combativa que hacen de Bolivia (y de sus movimientos sociales) uno de los estandartes de la lucha social y un nervio de la revolución mundial, cosa ante la cual ni la derecha boliviana ni el imperialismo han estado lo suficientemente preparados. No pasa lo mismo en México, donde la experiencia de las clases populares es muy distinta (aunque explicar eso nos llevaría demasiado lejos).

Volviendo al tema que nos ocupa: nada de esto significa que las derechas globales no tengan fuerza; antes al contrario, pues muchas tienen incluso el poder político. Ni tampoco que la derecha mexicana no sea una amenaza. Pero es que en el particular caso de México, si bien la derecha no se encuentra “moralmente derrotada”, tampoco cuenta actualmente con las fuerzas para propiciar un golpe judicial. Tal cosa quedó clara en las elecciones pasadas, pues apenas por vía de la coalición Va por México es que el PRIANRD obtuvo raquíticas victorias, las cuales son más atribuibles a los errores de Morena (imposición de candidatos, disputas internas que merman la vida interna democrática, falta de presupuesto para campañas e institutos) y al hecho de que esta vez no se votó para elegir al Presidente de la nación, que a la efectividad de la estrategia seguida por esta coalición. Porque no es un secreto (y hasta dirigentes de fracciones importantes del PAN lo admiten) que el mayor atributo de los partidos de derecha es ser la oposición al actual gobierno. Es decir que no sólo no no logran reagruparse al interior del Estado, sino que no tienen un proyecto que aglutine a sus fuerzas ni que pueda hacer frente al conjunto de valores y principios que han sido irradiados en estos años por Morena y la 4T, y que han mantenido en pie de lucha a amplios sectores sociales y de base. Lo mismo sucede con empresarios como Claudio X. González o Gilberto Lozano, quienes no han podido conformar un verdadero partido de oposición ni generar la desestabilización que quisieran por vía de la alianza de los medios a los que financian (hoy por hoy profundamente deslegitimados)[4].

Lo preocupante ahora mismo en el caso de México (y en esto el balance es distinto al de Bolivia) no es la oposición, sino el desgaste del gobierno y la descomposición de Morena, lo que se está produciendo a un ritmo tan vertiginoso que supera por mucho a la capacidad de reorganización de las derechas. Dicho desgaste, cabe mencionar, no se debe al “destape” de casos de corrupción o a la efectividad de campañas como la de los niños sin medicinas para el cáncer, sino a una multitud de razones entre las que destacan la pandemia y la falta de vigor de Morena para avanzar en las tareas que plantean las bases (como puede ser la reforma fiscal progresiva). Es así que se combinan tanto las limitaciones propias al actual contexto mundial como los errores propios a un proceso social en exceso estatista que ha puesto en segundo plano la lucha por la democracia y que ha priorizado las alianzas con empresarios y viejos políticos antes que con los movimientos sociales.

¿Algo de esto puede ser aprovechado por la derecha? Claro que sí: por el Partido Verde y las oligarquías nucleadas bajo este partido, por ejemplo, mismas que han logrado mantener el poder político a niveles locales y que mantienen un peso considerable en el Congreso. Esto nos da pistas de que el avance del autoritarismo en México no depende necesariamente de que se geste un golpe. Pero entonces, ¿qué podemos concluir? Si la lucha no debe concentrarse en evitar un golpe que quizá ni siquiera ocurra, ¿qué debemos hacer?

Recapitulando para priorizar nuestras batallas

Todo lo dicho hasta aquí es parte de un proceso social que culminó en 2018. Porque la 4T no empezó ahí: empezó antes. Con las protestas estudiantiles, de mujeres, de trabajadores y de indígenas que impregnaron la segunda mitad del siglo XX y cuyo cénit, creemos, fue la lucha desencadenada tras lo ocurrido a los 43 normalistas de Ayotzinapa. El proceso actual brota de ahí, y sin duda le debe mucho a la memoria de un pueblo que resistió al neoliberalismo y que supo vencer en 2018 a esos golpes de Estado ex ante que son los fraudes electorales.

Sin embargo, sería difícil pedirle más a un pueblo al que el neoliberalismo despojó material, intelectual y espiritualmente, y al cual los fraudes, la guerra sucia y altos grados de violencia y marginación mantuvieron al margen de cualquier otra forma de lucha. Porque a los pocos que no se rindieron se les condenó a resistir. Y son estas condiciones las que explican que Morena, pese a todas sus limitaciones de origen, se haya convertido en el referente de 30 millones de personas. Así como también son las que explican que el proyecto de la 4T no sea lo radical que podría ser (tomando en cuenta la base social sobre la que podría sustentar dicha radicalidad), y que su horizonte se limite al neodesarrollismo: a la creación de un Estado democrático burgués a través del cual lograr una mejor distribución de la riqueza y una mayor justicia social por vía del asistencialismo. Estratégicamente esta es la razón por la cual AMLO privilegia el fortalecimiento de los tres poderes con énfasis en el Ejecutivo (presidencialismo) y la razón de que el combate a la corrupción sea clave toda vez que se trata de fortalecer a las instituciones y ponerlas “al servicio del pueblo” en un esquema de distribución del poder de arriba hacia abajo. 

No obstante, el hecho desnudo y llano, nos dice Ana María Rivadeo, es que “más allá o más acá del Estado nación, no existe hoy ninguna institución política democrática.” Tal aseveración se debe entender en toda su densidad, pues no es sólo una clave indicativa, sino una realidad objetiva para toda Latinoamérica la cual sólo puede explicarse históricamente. Y es que si no hay ninguna institución política democrática es porque nuestras naciones enteras han sufrido un violento vaciamiento de la democracia que es condición de existencia para la competencia capitalista trasnacional. En este contexto, y durante las últimas décadas, la corrupción se exacerbó, cuestión que permitió que el neoliberalismo se enquistara en el Estado e hiciera de la corrupción el principio de articulación de la vida social de las élites y de amplios grupos nacionales. Más aún: así fue como el Estado nos educó en la corrupción (de ahí la ilusión de la corrupción como un problema meramente individual). Pero esto sólo se pudo consolidar a partir de la privatización de sectores estratégicos, del anulamiento de las conquistas sociales ganadas en décadas anteriores, así como de la destrucción del tejido social por vía de la superexplotación y de la imposición de los valores individualistas y consumistas del neoliberalismo. Es decir: del mencionado vaciamiento democrático. Sólo así la corrupción pudo sustituir a la democracia como principio de articulación social, en un complejo proceso dialéctico que dio como resultado una cada vez más devastadora y expansiva descomposición social y un autoritarismo cada vez más atroz. Esto, por supuesto, en el contexto de un continente donde la cuestión nacional sigue en disputa y no es ni mucho menos una construcción acabada.

Ante esto pareciera reafirmarse que la salida es la lucha contra la corrupción. Pero si bien es cierto que dicho combate ha tenido resultados favorables en el México de la 4T (y que han ayudado a que la distribución de la riqueza sea más justa), lo cierto es que sus limitaciones en términos de la disputa por el Estado y la nación se han ido develando de a poco en estos últimos tres años. No sólo por el hecho de que Morena tenga a sectores de derecha insertados en el partido (encarnados en Mario Delgado y Ricardo Monreal), o en el gobierno, aunque no sea en funciones de primer grado de responsabilidad (como sus alianzas con el PVEM), sino también en el hecho de que el combate a la corrupción, lejos de cohesionar a diversos sectores sociales en una misma lucha, ha demostrado su potencial como creador de divisiones en un pueblo educado con el mantra neoliberal de “el que no tranza, no avanza”. Es decir: la lucha contra la corrupción, cuya base material es la redistribución de la riqueza a partir de reasignaciones fiscales, implica quitarle cobija a unos para ponersela a otros (por usar una metáfora de Armando Bartra), y esto tiene limitaciones intrínsecas que, sin una lucha amplia por la hegemonía, pueden correr a la derecha a sectores de capas medias que antes sentían alguna simpatía por Morena y que no se sienten representados. Además, un correlato de que el combate a la corrupción sea el adalid de la reforma moral e intelectual que pretende la 4T es que se ha creído en la reconversión milagrosa de viejos políticos en verdaderos “protagonistas del cambio verdadero” y no se ha dado el lugar que corresponde a otros luchadores sociales en puestos clave del gobierno. Por último queda decir que es por esta orientación por la cual se han priorizado las transformaciones institucionales por vía de reformas, la construcción de grandes proyectos de infraestructura y la puesta en marcha de políticas públicas progresistas: porque se cree que funcionarán perfectamente toda vez que la 4T erradicará la corrupción.

Por eso creemos que más allá de sólo educar a las masas populares en los valores de la anticorrupción se tiene que pensar en formas de intervención de esas masas populares en el Estado. No ser corruptos, pues, no puede ser su único objetivo, sino acaso una mediación fundamental en el procesos de la autoorganización y de la creación de poder popular. Así, se les tiene que hacer a las masas populares sujetos activos en la transformación de México. Y la única forma de lograr eso es mediante una representación política con vocación hegemónica, lo que significa que Morena debe de ser la dirección que condense, organice, impulse e irradie las luchas de las clases populares y los movimientos sociales.

Así pues, la única forma en que podemos construir un proyecto de nación alternativo al neoliberalismo y al capitalismo trasnacional es bajo las coordenadas de la lucha por la democracia y por su redefinición. Lo demás sólo nos permite, acaso, ganar algo de tiempo y mantenernos vivos frente a la debacle global y al espeluznante avance de la derecha en el mundo. Porque ojo: sea a través de golpes o por la falta de radicalidad de los procesos sociales de izquierda, el hecho objetivo es que la derecha seguirá avanzando. Y lo logrará porque está aprendiendo mejor que algunas izquierdas a disputar la hegemonía como vía para retomar esa relación social que es el poder y cuyo basamento son las luchas de clase. 

No debemos permitir que eso pase en México. Debemos ser capaces de ganarles no una, sino mil veces.

Notas:

[3] Por “intensidad” nos referimos a que algunos progresismos lograron llevar adelante un programa político más radical, lo que no tenemos tiempo de ahondar aquí pero que ha sido tratado en otros espacios de discusión como en esta charla.


[4] Ni tampoco lo han logrado con el financiamiento yankee, que si bien no nos podemos tomar a la ligera, tampoco es un síntoma de que se avecine un golpe. Así lo revelan por lo menos el tipo de relaciones que el gobierno de México ha tenido con Estados Unidos: repletas de concesiones que suponen incluso violaciones a los derechos humanos (como en el caso de lxs migrantes).

Referencias:

Andrada, Damián (2020), Pensar Bolivia con el corazón en la boca, Anfibia, http://revistaanfibia.com/ensayo/pensar-bolivia-con-el-corazon-en-la-boca/

Arantxa, Tirado, 2021, El lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley, Akal

Linera, García, Espacio Puebla, (11 de junio de 2021), Ciclo de Formación Política – 1ª Jornada: Álvaro García Linera, https://www.youtube.com/watch?v=MkU1OFQb5xE&ab_channel=EspacioPuebla

Maira¸ Luis¸ 1990, El Estado de seguridad nacional en América Latina¸ en Pablo González Casanova (coord.)¸ El Estado en América Latina. Teoría y práctica¸ México¸ Siglo XXI Editores-Universidad de las Naciones Unidas

Rivadeo, Ana María, (2008, octubre-noviembre), Democracia y globalización neoliberal, Multidisciplina, No.1, 13-33, http://www.revistas.unam.mx/index.php/multidisciplina/article/view/27665/25614

Sader, Emir (8 de mayo de 2021), La falta de conciencia democrática fue fatal para Brasil, Rebelión. https://rebelion.org/la-falta-de-conciencia-democratica-fue-fatal-para-brasil/

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