Un golpe en México: ¿posibilidad real o hipocondría política? (I)

¿Es posible que la oposición geste un golpe de Estado en México? Para decenas de comentaristas, periodistas, militantes e intelectuales orgánicos de la izquierda obradorista, la posibilidad es muy grande. Es así que muchos de ellos se han dedicado a dar información al respecto y a desenmascarar a la oposición en diversos medios de comunicación, generando con ello que uno de los núcleos articuladores de las bases y los sectores simpatizantes de Morena sea denunciar la amenaza de un golpe.

Sin embargo, creemos que se trata de un miedo injustificado. A continuación intentaremos explicar por qué con el fin de reflexionar sobre cuáles son los verdaderos problemas, paradojas y dilemas políticos a los que nos enfrentamos en el contexto actual y así encontrar nuevos núcleos que articulen el trabajo de las bases y de los sectores de izquierda cercanos a ellas. 


Los golpes y el control sobre Nuestra América

En América Latina se produjeron tantos golpes de Estado a lo largo de la segunda mitad del siglo XX que es difícil precisar la cifra exacta. Se trata de golpes que se dieron en los países de Centroamérica y del Cono Sur, los cuáles se vieron sometidos a raíz de ello a los llamados “regímenes de excepción latinoamericanos”, mismos que se asentaron sobre la base de la doctrina yankee de Seguridad Nacional[1]. México fue de los únicos países donde en dicho periodo el autoritarismo se impuso por otras vías: con altas dosis de violencia y altos grados de militarización, claro, pero sin que las cúpulas militares tomaran jamás el mando del poder ejecutivo.

En ese sentido hay que decir que, lo que las definiciones dicotómicas o meramente descriptivas como las de “golpe blando” o “golpe duro” no alcanzan a explicar, es la densidad histórica y política de cada caso particular: cosa que hay que conocer para entender mejor las lógicas detrás del intervencionismo. Los golpes tradicionales que dieron pie al segundo periodo de dictaduras militares en América del Sur, por ejemplo, son incomprensibles si no tomamos en cuenta el ciclo abierto por la Revolución Cubana y el subsecuente temor del imperialismo a que hubiera “nuevas Cubas” en el continente. Esto fue lo que propició un intervencionismo inédito que incluía la formación de militares latinoamericanos en los principios anticomunistas de la doctrina de Seguridad Nacional, la formulación de programas económicos neoliberales para la región y la puesta en marcha de estrategias de desestabilización cuya violencia dependía de las amenazas que pretendía desbaratar.

Los golpes de Estado, pues, se gestaron para evitar el fortalecimiento de las fuerzas anticapitalistas en la región y como parte de un ciclo muy específico de reconfiguración capitalista en el contexto de la emergencia del posfordismo y la globalización, etapa que reclamaba nuevas formas de control sobre los países latinoamericanos para seguir extrayendo de ellos recursos y obtener ventajas.

Es así que en este tipo de golpes siempre estuvieron presentes factores clave como la alianza de las oligarquías con el imperialismo, una planificación eficaz del golpe basada en la correlación de fuerzas existente y la agitación social azuzada por una guerra psicológica irradiada a través de los aparatos ideológicos. Cada situación concreta, empero, tuvo sus particularidades. Pero estos elementos se hallan presentes tanto en este tipo de golpes como en los que se han gestado décadas después: los llamados “golpes judiciales” o “lawfare”, los cuales responden a nuevas condiciones políticas configuradas tras el agotamiento de las dictaduras militares y la creciente crisis del proyecto neoliberal. 

¿En qué consisten estos “nuevos” golpes? Y más aún: ¿Cuál es la posibilidad de que se geste uno en México, tomando en cuenta que nuestro país constituye un caso especial en esta trama? 

La judicialización de la política

Los procesos que se abrieron en América Latina a principios de este siglo fueron procesos de talante democrático que, con mayor o menor intensidad, impugnaron al sistema neoliberal y lucharon por la justicia social. Estos fueron los llamados “progresismos”, cuyos dirigentes llegaron al gobierno por vía electoral y con amplio apoyo popular. En este contexto es que surgió el lawfare, el cual consiste en desatar una guerra judicial y mediática contra el enemigo político para derrocar a líderes con alta legitimidad en el contexto del ciclo de impugnación al neoliberalismo que se abrió con los progresismos.

Esta estrategia se ha vuelto la predilecta de burguesías nativas, sectores civiles y viejos políticos que, de esta forma, buscan recuperar el poder político perdido. Las cúpulas militares, en ese sentido, no es que no disputen el poder político: pero ya no disputan el mando del poder ejecutivo. Su periodo se agotó tras el ciclo de dictaduras y la correlación de fuerzas generada a raíz de los gobiernos progresistas hace virtualmente imposible (por lo menos por ahora) que pudieran siquiera aspirar a tomarlo.

Es por eso que los nuevos golpes priorizan elementos ideológicos y el uso del aparato judicial. No obstante, tanto el apoyo en aparatos represivos (como la policía) como el apoyo en el imperialismo sigue siendo un factor clave. Éste último se encarga sobre todo del financiamiento a los sectores golpistas y de la labor de agitación antichavista y antisocialista, toda vez que ahora lo que se quiere evitar es que haya “nuevas Venezuelas”[2].

Notas:

[1] Aunque en México si hay una larga tradición de lo que podríamos llamar “golpes de Estado ex ante” o más sencillamente “fraudes electorales”, por lo que no conviene pensar que somos una especie de excepción democrática ni mucho menos. 

[2] Nuestros países son parte de la guerra planetaria que supone la globalización, y el Estado nacional se encuentra atravesado por las contradicciones que esto supone. Por ello es que el antiimperialismo debe prevalecer como una de nuestras banderas.

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